Lecturas de verano

Lecturas de verano.

Reverte, la vida y los idiotas

Reverte, la vida y los idiotas.

Entrevista a Jorge Moragas

“LA GENTE QUIERE MÁS GESTIÓN Y QUE SE HABLE MENOS DE NACIÓN”

La Vanguardia-Iñaki Ellakuría

Jorge Moragas (Barcelona, 1965) Vive con un pie en Madrid -es el coordinador del gabinete de Mariano Rajoy- y otro en Barcelona -forma parte de la dirección del PP catalán-. Licenciado en Derecho, diplomático de carrera, tiene en la pintura y el footing d os de sus aficiones

Catalán, del PP y residente en Madrid… Por estos lares algunos dicen que eso es una contradicción.
¡Y además soy diplomático ! Ser del PP en Catalunya es defender la esencia plural de esta sociedad. Esto, créame, requiere mucho sentido de la deportividad. Yo me siento más catalán que ninguno. No tengo ese conflicto de identidades que algun os quieren forzar. ¿Catalán o español? ¡Las dos cosas!

¿Deportividad para…?
Para saber encajar los ataques injustos. El PP en Catalunya ha vivido momentos muy duros, en los que lo fácil hubiera sido rendirse. Ahora esos palos ya no duelen, sus argumentos nadie los cree.

¿Se refiere a los años del pacto del Tinell?
Ese pacto entre PSC, ERC e ICV fue un ejercicio muy poco dem ocrático que buscaba expulsar al PP de la vida política catalana. Hoy todavía hay nostálgicos de ese pacto… Pero a todos ellos nuestra candidata Alicia Sánchez-Camacho les va a sorprender y dar respuesta en las urnas.

Pero con Aznar algunos dirigentes del PP no fueron precisamente amables con Catalunya…
Con Aznar es cuando más empleo se creó en Catalu-nya. Aunqu e seguramente
se cometió algún error. En todo caso, lo que nadie podrá echar en cara al PP es que engañara a los catalanes.

Veo que hoy también lleva esa mochila que le hizo famoso en sus inicios de diputado a Cortes…
Era una prenda a la que nunca había otorgado ninguna i mportancia, pero cuando llegué a Madrid a mucha gente les sorprendió que la utilizara con traje.

¿Qué lleva dentro?
Cargadores de móviles, un as cuantas libretas, un libro, varios diarios, las zapatillas para correr, un iPod, un neceser. ¡Vivo entre dos ciudades!

¿Por qué cambió Barcelona por Madrid?
Me fui porque quería ser diplomático y cumplir u n viejo sueño infantil de ser un hombre de mundo. Y allí me quedé ejerciendo mis condiciones diplomáticas, primero, y como político, después.

¿Cómo se ve el actual escenario catalán tras la sentencia
del Estatut?
Catalunya, en estos momentos de crisis económica, necesita más y mejor gestión y menos nacionalismo. Por desgracia, hoy parece más instalada en la rauxa que en el seny.

¿Preocupado?
Esa carrera hacia la ruptura es peligrosa, porque cuando es talla el trueno ya es demasiado tarde para taparse los oídos. En los últimos tiempos se han cometido serias irresponsabilidades en este sentido, pero también me preocupa cierto miedo que he detectado en la sociedad catalana.

¿Miedo?
A perder el trabajo, miedo a verte o bligado a cerrar el negocio…
Póngase una etiqueta: ¿liberal, de derechas, ‘neocon’…?
Siempre me he considerado un liberal-liberal, y con el tiempo m e voy haciendo más liberal-conservador.
Merkel, Sarkozy, Cameron, ¿con quién se queda?
Con Merkel y algunas cosas de Cameron…

¿Y qué destacaría de Mariano Rajoy?
Es el sentido común con patas. Un político que se mueve mejor en el acuerdo que en el conflicto.

Pero salió derrotado en las urnas en dos ocasiones…
En EE.UU. aprendí que los fracasos muchas veces forjan líderes sólidos. Precisamente el gran problema es que Zapatero nunca perdió.

Y el PP le pide día tras día que se vaya…
La mentira fue la pértiga electoral de Zapatero, esta se le ha roto con el Estatut y la crisis e conómica. Zapatero vendía diálogo, pero paradójicamente lo ha utilizado para generar división y conflicto. En su irresponsabilidad para mantener el poder podría llegar a formar aquel Ministerio de la Verdad del que habla George Orwell en su 1984 .

¿Si Rajoy es presidente, cuál será su principal reto?
Combatir el paro juvenil. Recup erar a esa generación de jóvenes que ni estudia ni trabajan. Si no lo hacemos, el país se apagará.

Nuestra filiación cervantina

Juan Goytisolo. Discurso del premio Don quijote. Toledo 27-X-10

Todo se ha dicho, se dice y se dirá sobre Cervantes y su obra maestra. Cada época modifica y corrige nuestra percepción de ambos. El “raro inventor” -así se autodefinió el autor del Quijote- fascina y fascinará a sus lectores al hilo del tiempo y movilizará las plumas de quienes se esfuerzan en desvelar los misterios que envuelven su vida y su infinita creación novelesca. ¿Quiero decir con eso que no hay progreso en nuestros conocimientos objetivos? Lo hay, pero nuestro saber será siempre paticojo y provisional. Cervantes no se deja atrapar en las redes que le tendemos y la modernidad atemporal de su obra no cabe en ningún esquema.

Su vida es una sucesión de paradojas: cautivo en el seno de un Estado corsario como el del beylicato otomano, cuyos rehenes profesaban creencias distintas y transitaban de unas a otras sin excesivos problemas -los renegados y conversos presentes en su obra dan testimonio de ello-, pasó a ser un hombre libre en otro cautivo de su unanimidad castiza y de su rigidez dogmática, en el que el Santo Oficio velaba por la pureza de la fe y perseguía con saña a quienes se atrevían a pensar por su cuenta.

Herido en Lepanto y aprisionado en Argel durante cinco años no consiguió al ser rescatado, pese a su meritoria hoja de servicios, la autorización de viajar a la Nueva España y se vio condenado a una existencia material difícil de comerciante sin fortuna y de recaudador de alcabalas.

Autor teatral prolífico, no pudo ver representadas sus obras a causa de su falta de arrimos, del caciquismo imperante y la envidia de sus rivales.

La creación literaria brota a menudo de la periferia de la sociedad y Cervantes fue un escritor marginal hasta la publicación de la Primera Parte de su obra maestra. Ajeno a las glorias efímeras del mundo literario de la época, asumió su destino con una fe inquebrantable en sí mismo y en su poder creativo. Una mirada atenta al hilo de su labor solitaria, tanto en el ámbito teatral como en el del relato, muestra una firme voluntad de explorar territorios nuevos. No fue en absoluto, como se dijo, “un ingenio lego” cuyo libro surgió como un geniecillo de la olla de un hechicero. Un simple repaso a los versos de El viaje del Parnaso lo desmiente de modo rotundo. Su avidez de aficionado a leer hasta “los papeles rotos de las calles” revela al contrario una curiosidad omnímoda que supo transmitir a cuantos nos acercamos a su novela. El Territorio de La Mancha es el de la Duda. Todo resulta incierto en él, todo contradice y pone en tela de juicio lo ya escrito y leído, y esta incertidumbre constituye el germen de su universalidad creadora.

Los mitos consustanciales a la especie, no sé si bárbara o humana, a la que pertenecemos chocan frontalmente con la realidad demostrable. Sustituyen la experiencia de la vida por la palabra dicha o transmitida por los portavoces de la supuesta verdad. Nos dicen que no hay que creer en lo que vemos sino en lo que escuchamos o leemos. Pero don Quijote no actúa en función de dogmas nacionales ni religiosos. Lo hace a partir de sus lecturas de los códigos narrativos de su tiempo: novelas de caballería, pastoriles o bizantinas entonces en boga. Sus engaños y desengaños son los nuestros. Sus vacilaciones y perplejidades, también. Ello explica la perennidad de su obra en todos los continentes, culturas y lenguas.

Pero hay algo más: el salto que da de 1605 a 1615. Su genio creativo se agiganta entre la Primera y la Segunda Parte del Quijote y la oportunísima impostura del de Avellaneda. El relato de un personaje enloquecido por sus lecturas se transmuta en el de un creador enloquecido por las infinitas posibilidades de la literatura. El loco ya no es Alonso Quijano sino el padre de la novela moderna y su locura se contagia al lector-relector que goza de la felicidad de calar en ella. Todos los aquí presentes hemos sido “contaminados” por la invención cervantina y ningún tratamiento médico nos podrá curar. La obra de Cervantes es un rico muestrario de las estrategias defensivas de su marginación social, ideológica y literaria. Ambiguo, escurridizo, expresa su verdad individual de forma indirecta, concede la palabra al Nosotros en el que se esponjaba Lope y lo parodia discretamente, con sabiduría y humor.

Frente al clamoroso Nosotros de la época, opone un Yo que excluye toda dimensión colectiva. Los personajes del Quijote no hablan como representantes de una comunidad nacional ni religiosa: son voces individuales que se expresan tan solo a sí mismas. La tradición medieval y erasmista del loco les permite decir su verdad tras la máscara de la risa. Siempre ha sido así: cuantos conservan un poco de juicio en medio del griterío colectivo estorban y se les tilda de chiflados, pero su locura es una forma de cordura y son las muchedumbres que cantan o aúllan a coro quienes pierden el seso en la celebración del jefe o pastor del rebaño que asume gloriosamente la tarea de encauzar su destino. Como escribía hace unos meses Rafael Sánchez Ferlosio, “el Nosotros no solo en la gramática es tan persona como el Yo, sino también, por añadidura, como se ha visto en la unanimidad del Totalitarismo, muchísimo peor persona”.

Por suerte, corren mejores tiempos, al menos en la mayoría de países de nuestra lengua, y el genio literario de Cervantes puede ser admirado con independencia del duro contexto de la época en la que le cupo vivir, como el de un creador que supo aunar las experiencias -dolorosas pero fecundas- de una vida increíblemente rica en ellas con un conocimiento de la cultura de su tiempo muy superior al de la mayoría de sus colegas. El Territorio de La Mancha forjado por ambos elementos cruzó el Canal que lleva su nombre del continente a Inglaterra y fertilizó la mejor novela europea antes de proseguir su polinización el pasado siglo por todo el ámbito de Hispanoamérica, encarnar la universalidad borgiana de Las mil y una noches y volver a la Península. ¡Qué maravilloso desafío el de cotejar la impronta de Cervantes en autores tan distintos como Machado de Assis, Dickens o Flaubert! En Bouvard y Pécuchet se halla grabada del comienzo al fin de la novela: la obstinación de sus dos héroes es la de don Quijote y la risa que provocan también. El gran Carlos Fuentes, el Nobel Vargas Llosa y otros muchos novelistas de las dos orillas reivindicamos así con orgullo nuestra auténtica filiación cervantina, una filiación por encima de las fronteras que separan lo que la lengua une: una lengua preciosamente diversa y rica en matices como prueba la presencia en esta sala de los presidentes de sus 22 Academias.

 

El misterio de B. Traven

Texto de Barry Giford

¿Importa de veras quién fue B. Traven? ¿Fue alguna vez un cerrajero polaco llamado Feige? ¿Un actor convertido en periodista radical en Múnich, llamado Ret Marut? ¿Un emigrante alemán o tal vez noruego llamado Traven Torvsan? ¿Un estadounidense llegado de Europa que alguna vez trabajara como marinero y desembarcara en Tampico en 1942 para nunca volver a navegar? ¿O era Hal Croves, que en 1947 se presentó a John Huston como agente del autor de El tesoro de la Sierra Madre, en el Hotel Reforma de la ciudad de México? ¿Era el hijo ilegítimo de un industrial alemán judío llamado Emil Rathenau y de una actriz de nombre Josephine von Stenwarldt? ¿O el hijo ilegítimo del káiser Guillermo y de una actriz llamada Helen Mareck o Helen Maret? ¿Por qué Ret Marut —antisemita pero exaltado defensor del anarquista judío Gustav Landauer en Baviera en 1919—, que muchos piensan que se transformó en B. Traven, fue un narrador y humanista que se aisló en México tras escapar a una sentencia de muerte por haber sido declarado enemigo del Estado en Múnich; había tratado de huir a Estados Unidos o Canadá, se había ocultado en Berlín durante cuatro años, haciendo y vendiendo muñecas de trapo en la calle con su amante Irene Mermet (que después se casó con un abogado y profesor de Harvard y vivió en Nueva York), y estuvo preso durante tres meses en la cárcel de Brixton, en Londres, por no haberse registrado como extranjero y hacerse llamar Hermann Feige, tenía una caligrafía por completo diferente de la escritura de quien se proclamó autor de alrededor de una docena de novelas, además de algunos cuentos y un memorable trabajo documental?
     

El hombre llamado B. Traven declaró una y otra vez que lo único que importa de veras es la obra, no el autor, conclusión con la que tiendo a estar de acuerdo. Como señala el estudioso de Traven, Michael Baumann, en realidad no se sabe nada sobre Shakespeare ni sobre Homero, pero la obra de ambos es objeto de reverencia y estudio infinitos. No, no importa quién fuera B. Traven. Lo que importa —me importa a mí, por lo menos— es por qué.
    

 Como muchas personas, el primer contacto que tuve con la obra de Traven fue a través de la película El tesoro de la Sierra Madre, dirigida por John Huston, protagonizada por Humphrey Bogart, realizada en 1948. Nunca olvidé al chico, representado por Bobby Blake, que le vendía un billete de lotería a Fred C. Dobbs, el personaje representado por Bogart, en una cantina de Tampico. Casi medio siglo después, Blake representó a otro personaje inolvidable llamado “El Hombre del Misterio” en una película que escribí en colaboración con el director de la cinta, David Lynch: Lost Highway. En 1958 poco podía saber, a mis once años de edad, al ver a Bogart echarle whisky o tequila en la cara al niño que trataba de avisarle que acababa de ganarse la lotería, que el verdadero “hombre del misterio”, invento de la imaginación de un genio loco como el Dr. Mabuse, era el creador de los personajes.
    

 Unos años después de haber visto esa película comencé a leer los libros de Traven. Primero leí el Tesoro, claro está, y luego El barco de la muerte, Los pizcadores de algodón, El puente en la selva, Marcha a la montería, Gobierno, y el resto de la serie de narraciones sobre la selva. Leí sus cuentos del libro El visitante nocturno, así como una pequeña gema de bolsillo que encontré en un cesto de libros usados en Chicago, por el cual pagué cinco centavos, titulado Stories by the Man Nobody Knows (Cuentos de B. Traven). Éste fue el libro que me hizo preguntarme por qué… No me importaba tanto quién fuera B. Traven, sólo quería saber por qué no quería que lo supiera la gente.

     

El poeta simbolista francés Arthur Rimbaud dejó de escribir poesía a los diecinueve años, después de que su amante, un hombre casado, el poeta Paul Verlaine, le disparara en una muñeca en un hotel de Bruselas. Rimbaud se incorporó a la marina neerlandesa, de la cual desertó enseguida. Durante su vida posterior, relativamente breve —murió a los 37 años—, obsesionaba a Rimbaud que lo persiguieran las autoridades neerlandesas, decididas a prenderlo y meterlo en la cárcel. Quizá por eso huyó de Europa y de la vida literaria, y se estableció como comerciante de armas y traficante de esclavos para el rey Meneluk, de Abisinia, la tierra de los hombres “con cola” y la cara a rayas. Rimbaud se fue al sur unos cuatro años antes de que también se fuera el hombre llamado Traven. La diferencia es que Arthur dejó de publicar en ese momento, mientras que Traven comenzó entonces. Si Traven realmente era Ret Marut, fugitivo de Alemania, quizás tuviera el mismo temor, el de ser tomado preso y quedar en manos de las autoridades del Viejo Mundo.

¿Qué mejor solución que cambiar de nombre, de geografía, incluso de letra? (A mis ojos no especializados, las muestras que de su caligrafía proporcionó Traven a sus biógrafos Karl Guthke y Baumann inicialmente parecen masculinas —Marut— y después femeninas —Traven—. Las cartas de este último posiblemente fueran escritas por Irene Mermet, que visitó a Marut-Traven en México durante los primeros años que éste pasó allí. A principios del decenio de 1930, las cartas de Traven estaban escritas por completo en máquina y a veces apenas firmadas con una pequeña rúbrica, ilegible.)

     La pregunta insistente sobre B. Traven es quién escribió realmente esos libros. ¿Será que Marut —cuyo apelativo sin duda era un nome de plume de guerre— hizo amistad al llegar al estado mexicano de Tamaulipas con alguna persona que ya los había escrito o estaba escribiéndolos? No lo creo. Creo que El barco de la muerte (publicado en Alemania en 1926), igual que todos los demás libros de Traven, son obra del renegado en alemán y fueron mal traducidos al inglés por él mismo con la finalidad de hacer pensar al público que los había redactado un estadounidense. Bernard Smith, editor de la casa Alfred A. Knopf, que publicó El barco de la muerte, reconoció haber sometido esta novela a una profunda revisión para hacer aceptable su inglés. Marut-Feige-Rathenau-Wilhem, o quien fuera, a continuación procedió a sacar narraciones de su nueva tierra, que resultaron en la serie de libros sobre los jornaleros del campo y su explotación por los terratenientes productores de algodón, en los campos petroleros y la selva. Los pizcadores de algodón se llamaba originalmente Der Wobbly, en honor a la organización International Workers of the World, de breve duración, que dio origen al sobrenombre de wobblies, y el tema era del todo congruente con Marut. El hecho de que este escritor sazonara El barco de la muerte con detalles e insinuaciones antisemitas y después, en 1933, en cartas a su editor hiciera referencia a los “sucios judíos”, “ajudiados y semitizados por delante y por detrás”, “codiciosos, viscosos, apestosos [para salvar tu] almacén semita de departamentos”, etc., no me sorprende. Incluso un llamado anarquista radical como Marut, y no obstante su apoyo a Landauer, tenía, como alemán, profundamente cincelado el antisemitismo. No me parece que sea una incongruencia: creo que se trata de una enfermedad cultural, una enfermedad que predominaba tanto ayer como hoy. En su obra, B. Traven, por lo menos hasta 1940, cuando dejó de publicar, defendió los derechos de los fellahin, la clase baja, los “pobrecitos”, a la vez que les daba una imagen noble, con lo que se convirtió en una especie de forjador moderno de mitos, en congruencia con su celoso y egoísta idealismo intelectual. ¿Qué importa? Sabía narrar y eso es lo que cuenta. Por eso sus libros fueron best sellers en todo el mundo, pese al estilo desmañado, de sintaxis confusa, sin acabar, mal traducidos o mal escritos. B. Traven, quienquiera que fuera, como Joseph Conrad, que escribió en su cuarta lengua, creando así un estilo irrepetible, tenía algo importante que decir. No hurgaba llagas sin trascendencia, como hace la mayoría de los modernos escritores de hoy. Ésta es una razón por la cual sus libros vivirán mientras haya lectores.

En abril de 2004 me invitaron a comer una de las hijastras de Traven, Malú Montes de Oca de Heyman, y su esposo, Tim, banquero y escritor británico, a su casa de la ciudad de México. Había organizado el encuentro un editor de esta ciudad que conocía mi interés constante por la obra de Traven y sabía que, a principios de los años setenta, yo había estado en contacto con Rosa Elena Luján, la viuda de Traven (éste murió en 1969) y madre de Malú. De alguna manera conseguí la dirección de la viuda y le escribí porque había una novela de Traven que nunca había logrado encontrar, Trozas (The Logs), y quería saber si ella podría indicarme cómo encontrar un ejemplar. Rosa Elena generosamente me mandó un ejemplar, en alemán porque no se había publicado en inglés. Se lo dije a Malú, que me informó que su madre —viva aún pero muy enferma— obviamente se había dado cuenta de la sinceridad de mi interés y me mandaba la novela por su dedicación actual a la obra de su marido.

     También le dije a Malú que en 1978, estando en Mérida, Yucatán, había conocido al dueño de una librería que me había contado que él había ido a la escuela con ella y con su hermana Rosa Elena, y decía haber visto en varias ocasiones a su padrastro. Me describía el tercer piso de su casa, en las calles de Río Mississippi, donde estaba el estudio de Traven, que denominaban “El puente”, como el de un barco, y me contó que Traven, al que se dirigía como “señor Traven”, y no Croves, siempre había sido generoso con él, que era un escritor en ciernes. Malú me explicó que su padrastro utilizaba el nombre Hal Croves en público y para firmar sus guiones, con el propósito de separar esos trabajos de sus novelas. (Entre sus guiones están Macario y La rebelión de los colgados.)

     Malú me mostró las máquinas de escribir de Traven, de las cuales una Underwood portátil, manual, por supuesto, fue la que utilizaba en la selva de Chiapas, según me dijo. También me enseñó los sombreros del escritor, entre ellos un casco de safari en el que había encontrado cabello de Traven. “Si logro encontrar con qué compararlo —dijo Malú—, podría mandar hacer un análisis del ADN para saber quién era en realidad.” La verdad, reconoció, es que ni ella sabía el origen del hombre que consideró su padre desde los diez u once años. Ella y su hermana lo llamaban Skipper. “Tenía las manos más singulares que le haya visto a ningún hombre”, afirma.

     Malú y Tim fueron anfitriones amables y me invitaron a ver los libros de Traven, no sólo las diversas ediciones de sus novelas, sino su biblioteca personal, que fue lo que más me interesó. Había algunos libros en alemán, aunque casi todos en inglés, sobre todo la narrativa: Conrad, Conan Doyle, Wells. Había títulos de Mencken y libros sobre el oro y la minería, bibliografía que habrá consultado para escribir El tesoro de la Sierra Madre. A fines del decenio de 1970, mientras trabajaba de consultor editorial, recomendé la publicación del libro para niños de Traven La creación del sol y la luna, que efectivamente se publicó. Fue una decisión acertada y durante las gestiones conocí al principal editor de Traven en Estados Unidos, Lawrence Hill. Malú también había conocido a Hill, y le conté que, una vez que almorzaba con él en el Players Club de Nueva York, me había dicho que quizá ni el propio Traven supiese bien a bien quién era. Es decir, que el hombre llamado Traven, o Torvsan, o Croves, no tenía seguridad sobre sus orígenes, y que esto estaba muy relacionado con el oscurecimiento de su identidad. En su lecho de muerte fue cuando parece ser que le confesó a Rosa Elena, su esposa, que había sido, efectivamente, Ret Marut, y que ella podía hacerlo público. A mi juicio, le dije a Malú, Traven siempre supo quién era, quiénes eran sus padres, dónde había nacido. Durante tantos años, como Rimbaud cuando recurrió a la naval neerlandesa, lo abrumaría y acosaría un temor parecido, fundado o no; y cuando todo peligro real o imaginario hubo pasado, también pasó su capacidad o necesidad de transformarse.

     Pero una cosa me inquieta, el tardío intento de Traven de enriquecer su leyenda literaria escribiendo y publicando una novela final: Aslan Norval, en 1960, veinte años después de su última novela de la selva. Aslan Norval, que yo sepa, sólo se publicó en alemán, nunca en inglés. En 1960, Traven tendría cuando mucho 78 años (la fecha de su nacimiento sería 1882 o 1890), y según Rosa Elena Luján era un hombre vital, fuerte mental y físicamente casi hasta su muerte, nueve años después. Aslan Norval muestra el antiguo antisemitismo expresado por Ret Marut en su revista de Múnich en 1919 Der Ziegelbrenner, y por B. Traven en sus cartas a sus editores alemanes en 1933. Esta última novela es floja y, en consecuencia, ha pasado prácticamente inadvertida y no se tradujo. ¿Por qué la publicó? La razón es que Traven era un escritor y nunca dejó de escribir, aunque sólo fuera en su mente, sobre todo, y no podía cambiar. La verdad última es que B. Traven nunca pudo olvidar quién era. –

¿Quién fue B. Traven? 1

Es de lo poco seguro: B. Traven murió en ciudad de México el 26 de marzo de 1969, quizá a los ochenta y siete años, y sus cenizas, como había pedido, fueron esparcidas sobre el río Jataté en la selva de Chiapas. Con esa inicial y ese apellido firmó la mayoría de sus libros, de los que se llevan vendidos más de 35 millones de ejemplares en 36 lenguas. El más famoso -aunque gracias al cine- fue El tesoro de Sierra Madre. Se cuenta que era el novelista favorito de Einstein, y su historia, su enigma, su leyenda, no han sido puestos en claro de forma unívoca y definitiva, así que será lo último lo que acabará prevaleciendo. En tres obras relativamente recientes sobre su personalidad y su vida, cada autor llega a muy distintas conclusiones, si bien coinciden los tres en algunos datos, para que se acreciente la intriga. No puedo resumir aquí tantas pesquisas, pistas falsas, contradicciones y desmentidos, esforzadas deducciones y certezas negadas, tanta labor detectivesca. Pero para hacerse una idea de la capacidad esquiva de Traven, basta con enumerar los nombres que utilizó en la ficción o en la realidad: Arnolds, Baker, Hal Croves (con éste se hacía pasar por su propio agente cinematográfico), Traven Torsvan, Traves Torsvan, Berick Traven, Bruno Traven, Traven Torsvan Torsvan, Traven Torsvan Croves, B.T. Torsvan, Ret Marut, Rex Marut, Robert Marut, Fred Maruth, Fred Mareth, Red Marut, Richard Maurhut, Albert Otto Max Wienecke, Adolf Rudolf Feige, Kraus Martínez, Fred Gaudet, Otto Wienecke, Lainger, Goetz Ohly, Anton Riderscheidt, Robert Bek-Gran, Arthur Terlelm, Wilhelm Scheider y Heinrich Otto Becker, que se sepa. Más modesta es la lista de nacionalidades que dijo tener, a menudo con pasaporte: inglesa, americana, sueca, noruega, lituana, alemana y mexicana. No se quedó corto, en cambio, respecto a las profesiones que desempeñó o dijo desempeñar en algún momento: escritor, actor, director teatral, mecánico, ingeniero, librero, fotógrafo, agente teatral, profesor de drama, marino mercante, cocinero, explorador, guía, traductor, marinero, profesor de lenguas, granjero, frutero, tutor, panadero, empresario, soldado, cerrajero, periodista, revolucionario, anarquista bávaro, peón algodonero, científico, guionista, agente literario y psicólogo. Según las diferentes descripciones que de sí mismo hubo de aportar en documentos oficiales, su estatura fue de 1.71, 1.66, 1.65, 1.68 y 1.70. Sus ojos oscilaron tan sólo entre el gris, el azul y el azulgris, pero su pelo fue consignado como castaño, gris, negro, castaño oscuro, castaño claro, rubio, rojizo, blanco y cano. Se dijo que escribía en inglés, en español, en noruego, en sueco y en alemán (al parecer lo hacía en esta última lengua, al menos en primera redacción, aunque siempre negó ser alemán o austríaco). En vista de lo escurridizo que era, le fueron atribuidas las siguientes personalidades, ocultas tras su inicial y apellido públicos: el novelista Jack London, el cuentista Ambrose Bierce (quien, ya viejo, había cruzado la frontera con el México revolucionario y desparecido para siempre en 1913), un millonario americano, un negro fugitivo, Frans Blom, el profesor Frank Tannenbaum, un leproso, el Presidente Adolfo López Mateos, Esperanza López Mateos, August Bibelje, Jacob Torice, el Presidente Elías Calles, un editor alemán, Arthur Breisky, el capitán Bilbo, un grupo de litertatos hondureños (?), un grupo de guionistas izquierdistas de Hollywood, un hijo ilegítimo del Kaiser Guillermo II y el hijo ilegítimo de un albañil polaco.

Morante grita libertad

 Morante de la Puebla, cual profeta venido del sur, se convirtió ayer en el estandarte de una afición taurina catalana que se resiste, al grito de “¡libertad!” y “¡no a la prohibición!” a una muerte de la fiesta dictada y anunciada para el 1 de enero del 2012. Después de poner patas arriba la Monumental con una faena que le valió dos orejas, la afición explotó de alegría pero también de rabia e improvisó una marcha, encabezada por una gran senyera, que llevó a hombros a Morante desde la Monumental hasta su hotel de diseño cuatro estrellas sito junto al Fòrum.

 

El torero, elevado como una Virgen rociera por unas mil personas, se convirtió en el estandarte de unos aficionados que recorrieron por el centro de la calzada las calles Marina y Diagonal hasta el Fòrum. Una suerte de procesión pagana que se inició dentro de la plaza durante la tradicional vuelta al ruedo y que, poco a poco, fue tomando cuerpo en pleno centro de la calle Marina, con los gritos de apoyo de los aficionados. Una explosión popular que cogió por sorpresa a mossos y urbanos.

 Desbordados y atónitos, no supieron cómo actuar y se convirtieron (sin quererlo) en escoltas oficiales de una multitud eufórica que elevó hasta el cielo barcelonés a un joven sevillano vestido de traje de luces. Morante, emocionado, mostraba su montera para responder a los vítores. Su rostro, habitualmente serio, lucía una media sonrisa cargada de picardía. Era consciente de que estaba protagonizando una página de la historia de la tauromaquia en Catalunya, quizá la última gran página… Si en el lejano 21 de julio de 1912, cuando una muchedumbre llevó a Belmonte a hombros hasta su casa de Sevilla tras su debut en la Real Maestranza y lo consagró como dios del toreo, ayer fue la afición catalana la que rindió su particular homenaje a Morante. De la Monumental a su hotel sin pisar la calzada.

 Una manifestación que tuvo mucho de fiesta pero también de reivindicación política. Un grito de rabia de una minoría que se resiste a que la conviertan en pasado. “¡Catalunya es taurina!”, “¡Libertad, libertad!”, “¡Catalunya es plural!”, “¡No a la prohibición!”, “¡Viva Morante!”, “¡No nos callarán!”, “¿Dónde está Montilla?” fueron algunos de los gritos lanzados por los aficionados en una marcha que duró una hora y que no registró incidente alguno.

Fue un colofón festivo y reivindicativo a una tarde de toros que empezó crispada cuando, antes de la corrida, protaurinos y antitaurinos se enzarzaron en un cruce de reproches e insultos; aunque la rápida intervención policial evitó que fuera a más y que unos y otros, detractores y defensores de la fiesta, pudieran llegar a las manos.

 Iñaki Ellakuría-La Vanguardia 26-9-2010

Homenaje a Agustín de Foxá

Fulgurante Agustín de Foxá

ABCD-Santiago Castelo

Era gordo, inteligente, mordaz, sensible, cínico, deslumbrador… y fue un poeta impresionante, al que sólo la cicatería y la envidia han podido condenar al ostracismo. Tenía la melancolía a flor de piel y un punto de tristeza en aquellos ojos irónicos y aquella boca maliciosa: por una frase brillante era capaz de crearse enemigos irreconciliables y hasta jugarse los propios destinos de su carrera diplomática. Fue el testigo de una época devastadora, soñador de unos mundos que se fueron para siempre, sabedor de una vida limitada a cuyo final nunca faltaba la silueta tremenda y aterradora del olvido.

Por su ingenio y su mordacidad se enfrentó a personajes tan variados como el Conde Ciano, que lo expulsó de Italia; el dramaturgo Joaquín Calvo Sotelo y falangistas variopintos que no le perdonaban sus sarcasmos: «Menuda patada le van a dar a Franco en nuestro culo» o los sonetos que, aunque sin firma, llevaban su sello indeleble: una conocida familia de bodegueros de Jerez, los escarceos amorosos de Celia Gámez, las vidas y milagros de prohombres del franquismo y otros personajillos del mundo de la Carrera que, a veces, para quitárselo de en medio, lo mandaban a legaciones en los antípodas, ya fuera Cuba, ya Filipinas, a donde, al final, lo enviaron -sabedores de sus enfisemas pulmonares- a una muerte segura por el clima húmedo y tropical.

La historia se derrumba. Al lado de todo esto estaba el romanticismo de Foxá, su cultura, su ingenio. Entre las fechas que marcan su vida -1906-1959-, Agustín de Foxá va a ser el mejor testigo de un mundo en crisis, convulso. Quizá porque se daba cuenta de que la Historia -la vieja y empolvada Historia, cortesana y galante- se derrumbaba con sus leyendas y sus fantasías, fue por lo que estalló con una pluma encendida y atronadora. Su trágico sentido de la vida, ante ese espectáculo del mundo desmoronándose, le hizo escribir las páginas más ardientes y a la vez más dulces de toda una sociedad en trance de locura. Fue siempre, sin quererlo, el pequeño niño que aparece en sus primeros libros de poesía, el muchachito del «Romance del Retiro» vestido de marinero y con la desolación de saber que todo ese horizonte que le rodea se está perdiendo sin remedio.

Hombre de ABC. Hoy nadie niega que su novela Madrid, de Corte a checa es una de las más estremecedoras y magníficas de cuantas se han escrito sobre la Segunda República. Pero se le escatiman los elogios, se le ningunea con tesón, se le olvida con injusticia. Guillermo Díaz-Plaja llegó a escribir de él: «Solamente quería ver el costado magnificente de las cosas [?]: recorría en ideales carabelas líricas los azules intensos de los mares del Caribe como un virrey que fuera un poco un pirata; o se subía a un viejo landó isabelino o al tren de la fresa que iba a Aranjuez para imaginarse en un mundo de pavanas y polisones». Pero no era exactamente así. Guardaba al final de sus días -tan joven aún- la melancolía de su infancia, la soterrada pena de haber perdido su adolescencia aguerrida, valerosa y soñadora, cuando ingresó, año 1930, en la carrera diplomática; cuando conoció a José Antonio Primo de Rivera -algún verso suyo está en el Cara al Sol-; cuando vivir la vida era un peligro a salto de versos y la muerte una novia deseada.

Hombre de ABC, recorrió Europa, después de la Guerra Civil española, y en la amistad y compaña de Curzio Malaparte, firmó crónica de corresponsal bajo este antetítulo: «ABC en el frente finlandés».

Hasta que descubre América. América será para Agustín de Foxá el universo fantástico del mañana, la tierra virgen prometida. Iba a ser el espectáculo del maya y del inca, del misionero y del descubridor, del mar y la palmera, de la criolla y el beso. En ese instante, Foxá se erige en el hombre rabiosamente clásico y mediterráneo que apura la vida a torrentes, borrascosa, de un continente nuevo cuando trae el corazón dolorido por las guerras crueles que asolaron su vieja tierra europea. Hay años -entre 1949 y 1953- que envía mensualmente a ABC hasta diez artículos. Aumenta su emotividad literaria, se hace aún más brillante la metáfora. Había compaginado aquel evocador «Yo debí nacer en Grecia, yo debí llamarme Egisto» con la exaltación del «12 de octubre en las Antillas» y aquellos «Fue un hermoso negocio; por un loro una espada / y por otro, abalorios que brillaban al sol / y huyó la india desnuda por la selva, asustada, / con su rostro en el agua de un espejo español». La mayor parte de sus Terceras pertenece a la etapa americana. Una de ellas -«Los cráneos deformados»- le valió el Premio Mariano de Cavia de 1948. El 25 de mayo de 1949, tras la cena en la Casa de ABC, Foxá leyó su discurso de gratitud en verso. Fue un brindis a la fugacidad del artículo literario, a la agilidad del periodismo: «La actualidad es nuestra frágil rosa / en una hora fresca y marchitada. / Lo que el lunes fue luz, martes ya es sombra, / que el suceso es el pez de nuestras mallas».

Periodista de raza. Otro de sus artículos -«El peso de la púrpura»- merecería el honor de ser publicado dos veces en Tercera. Una, el 4 de noviembre de 1950; la otra, el 10 de noviembre de 1956. Se había producido una vez más la clara intuición del lírico y el análisis certero del periodista de raza.

Hoy nos quedan sus libros desperdigados: magníficas las Obras Completas que editara Prensa Española, las reediciones incesantes de Madrid, de Corte a checa; pero apenas se encuentran sus libros de poemas, sus octosílabos de niñez, evocadores del Madrid de la Restauración o el romance -bellísimo- a la muerte del Rey Alfonso XIII en el exilio de Roma. Eso sí, son muchísimos los españoles y los hispanohablantes que se saben de memoria su melancolía de desaparecer, aquel poema que comienza:

 pensar que después que yo me muera / aun surgirán mañanas luminosas?

No. Por más que hayan querido enterrarlo muchas veces, Foxá sigue vivo medio siglo después de haberse muerto

MELANCOLÍA DEL DESAPARECER

Y pensar que después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.