Archivo mensual: octubre 2009

Entrevista Patrick Modiano (2)

“El tiempo es destructor como un bombardeo”
Xavier Ayen. LA VANGUARDIA

Lo primero que llama la atención de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) es su altura de jugador de baloncesto (1,98 m, según precisa). Nos recibe en su casa de París, equidistante entre el jardín de Luxemburgo y la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, en unos barrios inmortalizados en sus novelas. Hay un vídeo en You-Tube que simboliza mejor que nadie el sentido de su obra: aparece Modiano recorriendo un supermercado, construido donde antes había un cine, e intentando situar entre los estantes de productos los elementos que su memoria le indica: “Creo que aquí estaba la pantalla, aquí las butacas…”, apunta vacilante. En España vivimos un auténtico resurgir de Modiano, pues a su última novedad, En el café de la juventud perdida (Anagrama/ Proa), y a su prólogo al Diario de Helène Berr (Anagrama/ Empúries), se suma la edición de dos obras antiguas suyas, Dora Bruder (Seix Barral) y Calle de las tiendas oscuras, ganadora del Goncourt en 1978 y que Anagrama y Proa publicarán el próximo 5 de marzo.

Ahora que coinciden tantas novedades suyas, es la ocasión de comprobar si es verdad que escribe siempre el mismo libro.

Esa es una sensación que tengo a menudo. El mismo libro pero escrito a trozos, como un corredor que se detiene y retoma la carrera un tiempo después. Cada vez el mismo libro pero desde ángulos diferentes. De forma completamente discontinua, sin arquitectura. En el siglo XIX, las novelas se construían como una catedral, pero esto mío son unos trocitos. Como en la memoria, las cosas vienen a golpes, sin orden.

Si en Un pedigrí era usted quien realizaba una labor de detective sobre su pasado, en Calle de las tiendas oscuras es el narrador quien se pregunta por su identidad?

Él encima sufre amnesia, y no recuerda nada de su vida anterior. Intenta encontrar su pasado. Lo raro es que mis novelas son siempre eso, y no me doy cuenta más que cuando las he acabado: “Mira – me digo-,has vuelto a hacer la misma cosa”.

Esta es una novela en brumas, no conocemos ni la identidad del personaje principal…

Hay una atmósfera onírica, no estamos seguros de nada.

El pianista toca Que reste-t-il de nos amours y toda la novela es una pregunta sobre qué es lo que queda de nuestras vidas…

Estaba obsesionado con el hecho de que a menudo, de nuestras vidas, sólo quedan algunas briznas: unas pocas fotos, alguna agenda, los testigos desaparecen y los que quedan dan falsas indicaciones. El libro es una novela negra.

El narrador de Calle de las tiendas… no comprende el mundo, está perdido. ¿Y usted?

Todo tiene siempre un lado incoherente. Y, para que me vengan ganas de escribir algo, tengo necesidad de que las cosas sean enigmáticas. Me fijo en elementos que existen realmente: calles, personas, e intento infundirles misterio. Creo firmemente que incluso las cosas que nos parecen más banales contienen un misterio que, si uno las mira fijamente, acaba por desvelarse, como si todo tuviera una especie de subrealidad.

Reencontramos a París como personaje.

También es un París onírico que, aunque basado en lo real, con calles precisas, está totalmente interiorizado, a partir de mis recuerdos. Un París que ya no existe, no nostálgico, sino soñado. Han desaparecido tantos lugares… el paso del tiempo es como un bombardeo, todo se convierte en tiendas de ropa de marca.
Modiano
En el café de la juventud perdida habla de las zonas neutras de París. ¿Qué son?

Cosas raras, no man?s land, lugares imposibles de definir con precisión, barrios en los que uno no sabe si está o no en París, espacios que no se corresponden con su entorno, fuera de lugar. Por ejemplo, en los 70, el espacio donde hoy tenemos el museo Pompidou era un terreno vago, un gigantesco solar aparecido por los inmuebles destruidos tras la guerra. Era un agujero brumoso, impreciso, en medio de la ciudad.

No se relaciona mucho con escritores, ¿por qué?

Alguien que escribe está encerrado en su universo, en una campana de vidrio, es terrible. Me han dado siempre pena los encuentros entre grandes escritores, por ejemplo cuando Joyce se vio con Proust, en un episodio patético porque no llegaron casi ni a hablarse. Es una paradoja pero podría hacerle una larga lista de escritores que se han encontrado y ni siquiera se han comunicado. Es triste, es como si levantáramos una muralla, somos un poco autistas. Debe de haber gente, a lo mejor no en Francia, que trabaje en una línea parecida a la mía pero no los conozco y si les conociera no sabría qué decirles.

DOS TESTIMONIOS DEL HORROR

Las Anna Frank francesas

Dos libros vinculados a Modiano – cuyo padre era judío-recuerdan el horror del holocausto a través de sendas chicas francesas, que han sido comparadas a Anna Frank por el impacto que sus casos han causado en la opinión pública francesa. El Diario de Helène Berr recupera la voz de una chica de la burguesía que acabaría sus días en Auschwitz, como sus padres, pero que escribió estas páginas entre el 7 de abril de 1942 y el 15 de febrero de 1944 con la esperanza de que su novio las leyera. Modiano ha escrito un conmovedor prólogo, que puede leerse en las ediciones castellana y catalana, recién publicadas, y en el que elogia la alta calidad literaria del manuscrito, así como el afán de disfrutar de la vida de su autora. Asimismo, Seix Barral ha sacado al mercado Dora Bruder, libro escrito en 1997 por el propio Modiano basado en el caso real de una chica de 15 años desaparecida – sus padres llegaron a publicar un anuncio en la prensa en 1941 pidiendo datos sobre ella-y que en realidad fue llevada a los campos de exterminio. “Hay coincidencias entre los casos de Dora Bruder y Helène Berr – cuenta Modiano-,pero son también diferentes porque Berr procedía de un medio culto, burgués, donde había sólidos puntos de referencia que de hecho le permitieron escribir su diario. En cambio, lo que me fascina de Dora Bruder es que era alguien que no pudo expresarse, le robaron su voz, no pudo contar el destino que tuvo. Y eso es lo que yo he hecho”. Modiano investigó durante años porque “lo más raro es que no había testimonios, apenas algún apunte en los registros policiales. Es terrible ver cómo todo se pierde: incluso si usted pregunta a alguien sobre su propia vida él mismo habrá olvidado muchas cosas, o deformará otras inconscientemente, la incertidumbre es total”. El de Bruder fue un caso real, pero paradójicamente ha sido definido por algunos como una de las mejores novelas de Modiano. “Me parece bien – comenta-,yo no hago esa distinción, Dora Bruder ha existido pero lo extraño es que, tras haber escrito su libro, no tuve la impresión de que me hubiera desviado de mi línea. No hay ninguna diferencia, finalmente, entre este libro y mis novelas”. En Dora Bruder vemos cómo los nazis establecieron un rígido sistema de categorías de identidad: “Es extraño eso, casi metafísico: era todo un sistema complejo, con fichas muy precisas y al mismo tiempo, después, no quedó rastro de nada”.

Entrevista a Patrick Modiano (I)

Las obsesiones de Modiano

ANTONIO JIMÉNEZ BARCA (EL PAIS)

Un día de hace casi 20 años, Patrick Modiano encontró en un viejo periódico parisino de principios de los cuarenta un pequeño anuncio que le impresionó. Decía así: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 metros, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. Modiano se obsesionó con el anuncio, con la chica y con la historia que ahí latía, en parte porque él había visitado mucho esa calle de adolescente. Se convirtió en una especie de detective privado contratado por sí mismo. Pronto descubrió que Dora Bruder era judía, que tras escaparse de casa fue detenida por la policía colaboracionista y deportada a Auschwitz, donde murió. Modiano buscó más. Revisó los archivos policiales, espulgó las viejas guías de teléfonos de París que nunca faltan en su casa, consultó fichas municipales, entrevistó a varios testigos de la época y del barrio que pudieran aún recordar que la conocieron. Anduvo como un lunático errando por las calles que Dora recorrió y que él conocía bien por haberlas andado de adolescente; entraba en los portales de los edificios que ella habitó y se quedaba ahí, quieto, esperando no se sabe qué… Ya no encontró nada más. Tenía el fin de la historia de Dora Bruder pero muy poca cosa de ella. Su rastro se había perdido casi definitivamente, como tantos otros. Sin embargo, con ese casi, con esas minúsculas certidumbres y utilizando también como material narrativo su propia obsesión y su búsqueda, Modiano escribió una joya estremecedora titulada Dora Bruder que habla de la memoria, de la dignidad y de la vida, contenida en apenas un centenar largo de páginas que ahora se vuelve a publicar en España.

“Luego, con los años, y con el libro ya publicado, me llegó algo más de documentación sobre Dora. Y me planteé la cuestión de si merecía la pena reescribir la novela o no. Decidí que no. No soy historiador. Soy novelista. No importa tanto el resultado de la búsqueda como la búsqueda en sí. Así que la novela se quedó como está”.

PREGUNTA. ¿Y por qué esa obsesión por alguien que no conoce de nada?

RESPUESTA. Yo también me he hecho muchas veces esa pregunta: ¿por qué estás obsesionado con las huellas de otras personas? Y creo que es porque vivo en el siglo XX o XXI. Si yo hubiera vivido en el siglo XIX habría escrito novelas rurales: largas novelas redondas y completas. Pero en esta época todo es fragmentario, y las grandes ciudades favorecen eso, el anonimato, que el rastro de las personas se pierda. No sé si me explico

… También es verdad que yo siempre he estado impresionado por las desapariciones, por las ausencias. Por eso me fascinan las viejas guías de teléfonos en las que aparecen los nombres de los abonados, porque de un año al otro hay gente que desaparece, que se va

…, en especial de algunos barrios, como el XVI.

P. Precisamente, muchas de sus novelas se desarrollan en esa parte de París, el XVI, cerca de Trocadero, que no tiene nada de especial. ¿Por qué?

R. Por eso, porque no tiene nada de especial. Muchos lo consideran un típico barrio burgués. Pero no es así del todo. Tiene una parte de barrio anónimo, banal, sin monumentos históricos, donde uno puede imaginarse cosas. En otros barrios parisinos te sientes bloqueado por la historia. En Trocadero y sus alrededores uno puede observar las calles y la gente que las habita de una manera un poco onírica. Es un barrio donde, en determinadas calles, la gente desaparecía mucho. Como le he dicho, yo lo he comprobado con las guías de teléfonos. Hay una suerte de movilidad extraña. Es un barrio burgués, pero tiene su lado extraño… Luego están mis propios recuerdos de infancia y adolescencia…Todo es un poco confuso. Yo no conozco Madrid, pero estoy seguro de que en Madrid debe de haber barrios así…

Patrick Modiano es muy alto, muy amable, algo torpe y muy tímido. Duda al hablar, le cuesta acabar las frases y su muletilla favorita es “no sé si me explico”. Vive en una vieja casa a la espalda del Jardín de Luxemburgo, no muy lejos del barrio donde pasó parte de su infancia: todo un síntoma de su relación con el tiempo y la memoria. El cuarto desde el que escribe es una habitación semicircular, tapizada de libros con una ventana también muy alta que da a un jardincito interior. Hay un diván arrugado en el que se sienta a leer cuando no trabaja. Escribe dos o tres horas al día sentado a una mesa colocada frente a la ventana y al jardín. Nunca más. Asegura que si hiciera caso a su carácter, terminaría sus novelas de un tirón, sin detenerse, pero que se obliga a refrenarse y a parar cuando han pasado esas dos horas a fin de mantener una tensión que sólo él percibe pero que, según él, es esencial para que la obra culmine.

Este hombre acogedor y atento nacido en 1945 es simplemente uno de los más importantes escritores vivos en Francia, dueño de un mundo propio, autor de más de 30 obras, ganador del Goncourt o del premio de novela de la Academia Francesa, entre otros. En España se han publicado recientemente, además de la citada Dora Bruder, En el café de la juventud perdida, Reducción de condena y Calle de las tiendas oscuras. Confiesa con naturalidad que escribe desde que tenía 20 años porque no sabe hacer otra cosa. No ha trabajado jamás en nada que no sea sentarse dos horas enfrente de esa ventana y pasarse las 22 restantes del día pensando en las páginas que quedan. Sus novelas siempre son cortas y exactas, transcurren siempre en los años cuarenta o sesenta, en un París particular y vagamente irreal, dilatado, enorme, donde siempre hay garajes, adolescentes abandonados a su suerte que se agotan en brutales caminatas errabundas y adultos que se buscan unos a otros como dentro de un laberinto: un verdadero territorio mítico que comparte con el París real los nombres de las calles y la ubicación precisa de los números. Él mismo es un maniático de la topografía parisina y si uno le menciona una calle cualquiera no es raro que Modiano no sólo la conozca, sino que la haya recorrido o la hayan recorrido sus personajes.

P. ¿Por qué las direcciones y los números de los portales son tan precisos?

R. El París de mis novelas, más que un París de hace décadas, es un París interior, casi onírico, que nace de las cosas que me impresionaron cuando yo era un adolescente. Y para que ese lado onírico se desarrolle, es preciso que las direcciones sean exactas. Puede que el edificio que se describe sea banal, no importante, pero sí que su ubicación en la novela sea perfecta. Es como un cuadro de Magritte: los objetos, aunque de carácter onírico, están dibujados de forma muy nítida.

P. ¿Y por qué unas direcciones y no otras?

R. Porque las guardo en la memoria: la dirección, el número, el edificio…

P. ¿Y ha cambiado mucho París desde su adolescencia?

R. El centro no ha cambiado tanto porque no se pueden destruir los edificios históricos. Pero en los barrios periféricos sí se han demolido muchas manzanas. Además, cuando yo era adolescente, existía en París una suerte de… fantástica mezcla de la sociedad. Por ejemplo, en el barrio de Les Halles, cuando aún existía el mercado, a partir de medianoche, con los camiones que iban y venían, o el barrio de la prensa, alrededor del Boulevard Reaomur, había una especie de sociedad fantástica y atrayente, todo estaba muy animado, no sé cómo decirlo. Incluso Los Campos Elíseos, o en Pigalle. Ahora es diferente. Y eso me ha marcado.

Modiano

P. ¿Y su barrio, Saint-Germain-des-Près?

R. Ha cambiado muchísimo desde mi infancia. Aparte de los dos cafés, Les Deux Magots y Le Flore, era un barrio muy provinciano, por así decir. Había una mezcla muy extraña. Por una parte, era un barrio muy tranquilo, con personas mayores sentadas en la plaza, y por otra, había cafés modernos y lugares donde se tocaba jazz. Me acuerdo, cuando yo iba a la escuela, que estaba en la Rue Dauphine, de que a veces pasábamos por una tienda a comprar bombones y veíamos a Picasso o a Giacometti. Todo mezclado, no se perdía el lado provinciano.

P. En

Calle de las tiendas oscuras hay un detective sin memoria que busca su propio pasado; en En el café de la juventud perdida todos los personajes se preguntan lo que fue de una chica que les impresionó; en Dora Bruder usted mismo se convierte en un investigador

¿No le da la impresión de escribir continuamente la misma novela?

R. Sí, sí. Yo ya me he dado cuenta de que me repito: siempre es alguien que busca a alguien, o alguien que intenta recuperar las huellas de alguien. Siempre es así. Y siempre es inconsciente. Luego me digo: mira, esto ya lo has hecho. Las cosas vuelven. Es por un sentimiento íntimo de ausencia, de abandono. Por eso intento buscar las huellas de las personas.

P. Se ha dicho que en su infancia está la clave de toda su obra.

R. Puede ser. Pero no es por una especie de nostalgia de la infancia. Es más por las cosas que yo he observado y que me impresionaron durante aquel tiempo. Hay una clase de atención especial, que hace que las cosas te impresionen fuertemente cuando eres un niño. Además, ese periodo para mí es triste. Sé que hay niños felices, pero mi infancia fue triste. Además, hay conversaciones que no entiendes bien y que te dan miedo. Cuando yo era niño me paseaba solo por París. Eso era impactante a esa edad porque normalmente a los niños no les dejan pasearse solos. Yo podía. Experimentaba al mismo tiempo miedo y curiosidad. Por eso la infancia: por esas primeras imágenes que te impresionan para siempre.

P. En

Pedigrí, una suerte de autobiografía, habla de esa época, y sobre todo de sus padres, él atareado con negocios extraños, ella actriz de segunda, viajera, que le abandonaban con frecuencia

R. Todo es real. Es una autobiografía un poco especial. Quería hablar de cosas que me hicieron daño y que me resultaban extrañas. En otras autobiografías se habla de cosas íntimas con las que uno está de acuerdo, con las que te reconoces. Yo, por el contrario, quería liberarme de cosas que me hicieron daño. Quería desembarazarme de todo eso que yo no elegí, que no me concernía del todo y que me hizo daño…

P. En casi todas sus novelas los personajes sienten un deseo imperioso de escaparse, de dejar atrás la vida que llevan y que cargan como un fardo que no les pertenece.

R. Esas escenas también provienen de cosas que yo he vivido cuando era niño o adolescente. Provienen del sentimiento de estar encerrado (yo estuve muchos años en internados un poco carcelarios). Además, les suceden por lo general a personajes adolescentes, que tienen entre 17 y 20 años, un periodo en el que por entonces, al menos en Francia, no eras un adulto porque no tenías la mayoría de edad legal pero tampoco eras un adolescente. Tenías la sensación de que todo lo que podías hacer en el mundo era algo clandestino, de que todo estaba prohibido. Yo mismo me he fugado, me he escapado, he hecho esas largas caminatas de adolescente sin parar por París, con una sensación de vértigo.

P. La adolescencia es una zona neutra, sin definir. Usted habla también de las zonas neutras de la ciudad, de París: son precisamente por donde vagan sus personajes.

R. Cuando yo tenía 20 años escribí una topografía de esas zonas neutras en París que tanto me impresionan. Son barrios frontera, situados a la mitad de algo, entre una zona burguesa y otra popular, por ejemplo, zonas sin una identidad precisa, zonas indeterminadas.

P. ¿Y por qué siempre aparecen garajes en sus novelas?

R. Es inconsciente. También viene de la infancia. No sé exactamente por qué. Cuando yo tenía seis o siete años vivía cerca de un barrio a las afueras de París, me cuidaba una mujer un poco extraña que me llevaba a un garaje, con unos coches que me impresionaron. Además, había un olor muy particular, una mezcla rara, un ambiente extraño en esos garajes y eso, ya digo que no sé por qué, me ha marcado. Yo me lo digo a veces: hay demasiados garajes en las novelas, pero no puedo evitarlo.

P. ¿Se continúa paseando por París?

R. Menos que antes. Me sorprendo mucho con la gente más joven. Con sus ropas. Reconozco en muchos de ellos un aire como el de juventud. Los trajes parecen los mismos que yo veía cuando tenía 14 años. No sé.

Casi es la hora de comer. La tarde cae sobre el despacho de Modiano, sobre la ventana alta y el jardín de abajo. El escritor se levanta, pensando en la última frase que acaba de pronunciar. Mira a la ventana y luego a la grabadora que contiene la entrevista. Luego dice:

“Todo ha sido un poco confuso ¿no?”.