Archivo mensual: febrero 2010

Homenaje a Agustín de Foxá

Fulgurante Agustín de Foxá

ABCD-Santiago Castelo

Era gordo, inteligente, mordaz, sensible, cínico, deslumbrador… y fue un poeta impresionante, al que sólo la cicatería y la envidia han podido condenar al ostracismo. Tenía la melancolía a flor de piel y un punto de tristeza en aquellos ojos irónicos y aquella boca maliciosa: por una frase brillante era capaz de crearse enemigos irreconciliables y hasta jugarse los propios destinos de su carrera diplomática. Fue el testigo de una época devastadora, soñador de unos mundos que se fueron para siempre, sabedor de una vida limitada a cuyo final nunca faltaba la silueta tremenda y aterradora del olvido.

Por su ingenio y su mordacidad se enfrentó a personajes tan variados como el Conde Ciano, que lo expulsó de Italia; el dramaturgo Joaquín Calvo Sotelo y falangistas variopintos que no le perdonaban sus sarcasmos: «Menuda patada le van a dar a Franco en nuestro culo» o los sonetos que, aunque sin firma, llevaban su sello indeleble: una conocida familia de bodegueros de Jerez, los escarceos amorosos de Celia Gámez, las vidas y milagros de prohombres del franquismo y otros personajillos del mundo de la Carrera que, a veces, para quitárselo de en medio, lo mandaban a legaciones en los antípodas, ya fuera Cuba, ya Filipinas, a donde, al final, lo enviaron -sabedores de sus enfisemas pulmonares- a una muerte segura por el clima húmedo y tropical.

La historia se derrumba. Al lado de todo esto estaba el romanticismo de Foxá, su cultura, su ingenio. Entre las fechas que marcan su vida -1906-1959-, Agustín de Foxá va a ser el mejor testigo de un mundo en crisis, convulso. Quizá porque se daba cuenta de que la Historia -la vieja y empolvada Historia, cortesana y galante- se derrumbaba con sus leyendas y sus fantasías, fue por lo que estalló con una pluma encendida y atronadora. Su trágico sentido de la vida, ante ese espectáculo del mundo desmoronándose, le hizo escribir las páginas más ardientes y a la vez más dulces de toda una sociedad en trance de locura. Fue siempre, sin quererlo, el pequeño niño que aparece en sus primeros libros de poesía, el muchachito del «Romance del Retiro» vestido de marinero y con la desolación de saber que todo ese horizonte que le rodea se está perdiendo sin remedio.

Hombre de ABC. Hoy nadie niega que su novela Madrid, de Corte a checa es una de las más estremecedoras y magníficas de cuantas se han escrito sobre la Segunda República. Pero se le escatiman los elogios, se le ningunea con tesón, se le olvida con injusticia. Guillermo Díaz-Plaja llegó a escribir de él: «Solamente quería ver el costado magnificente de las cosas [?]: recorría en ideales carabelas líricas los azules intensos de los mares del Caribe como un virrey que fuera un poco un pirata; o se subía a un viejo landó isabelino o al tren de la fresa que iba a Aranjuez para imaginarse en un mundo de pavanas y polisones». Pero no era exactamente así. Guardaba al final de sus días -tan joven aún- la melancolía de su infancia, la soterrada pena de haber perdido su adolescencia aguerrida, valerosa y soñadora, cuando ingresó, año 1930, en la carrera diplomática; cuando conoció a José Antonio Primo de Rivera -algún verso suyo está en el Cara al Sol-; cuando vivir la vida era un peligro a salto de versos y la muerte una novia deseada.

Hombre de ABC, recorrió Europa, después de la Guerra Civil española, y en la amistad y compaña de Curzio Malaparte, firmó crónica de corresponsal bajo este antetítulo: «ABC en el frente finlandés».

Hasta que descubre América. América será para Agustín de Foxá el universo fantástico del mañana, la tierra virgen prometida. Iba a ser el espectáculo del maya y del inca, del misionero y del descubridor, del mar y la palmera, de la criolla y el beso. En ese instante, Foxá se erige en el hombre rabiosamente clásico y mediterráneo que apura la vida a torrentes, borrascosa, de un continente nuevo cuando trae el corazón dolorido por las guerras crueles que asolaron su vieja tierra europea. Hay años -entre 1949 y 1953- que envía mensualmente a ABC hasta diez artículos. Aumenta su emotividad literaria, se hace aún más brillante la metáfora. Había compaginado aquel evocador «Yo debí nacer en Grecia, yo debí llamarme Egisto» con la exaltación del «12 de octubre en las Antillas» y aquellos «Fue un hermoso negocio; por un loro una espada / y por otro, abalorios que brillaban al sol / y huyó la india desnuda por la selva, asustada, / con su rostro en el agua de un espejo español». La mayor parte de sus Terceras pertenece a la etapa americana. Una de ellas -«Los cráneos deformados»- le valió el Premio Mariano de Cavia de 1948. El 25 de mayo de 1949, tras la cena en la Casa de ABC, Foxá leyó su discurso de gratitud en verso. Fue un brindis a la fugacidad del artículo literario, a la agilidad del periodismo: «La actualidad es nuestra frágil rosa / en una hora fresca y marchitada. / Lo que el lunes fue luz, martes ya es sombra, / que el suceso es el pez de nuestras mallas».

Periodista de raza. Otro de sus artículos -«El peso de la púrpura»- merecería el honor de ser publicado dos veces en Tercera. Una, el 4 de noviembre de 1950; la otra, el 10 de noviembre de 1956. Se había producido una vez más la clara intuición del lírico y el análisis certero del periodista de raza.

Hoy nos quedan sus libros desperdigados: magníficas las Obras Completas que editara Prensa Española, las reediciones incesantes de Madrid, de Corte a checa; pero apenas se encuentran sus libros de poemas, sus octosílabos de niñez, evocadores del Madrid de la Restauración o el romance -bellísimo- a la muerte del Rey Alfonso XIII en el exilio de Roma. Eso sí, son muchísimos los españoles y los hispanohablantes que se saben de memoria su melancolía de desaparecer, aquel poema que comienza:

 pensar que después que yo me muera / aun surgirán mañanas luminosas?

No. Por más que hayan querido enterrarlo muchas veces, Foxá sigue vivo medio siglo después de haberse muerto

MELANCOLÍA DEL DESAPARECER

Y pensar que después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.

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VIC 2010, escenas de una ciudad con un 27% de inmigración

VIC 2010, retrato de una ciudad con un 27% de inmigración

Iñaki Ellakuría-LA VANGUARDIA

Lucen velo, tejanos ajustados y mochila al hombro. Apenas superan los doce años, pero ya tienen sueños de adolescente. Llevan 20 minutos frente al escaparate de una zapatería en el centro de Vic. Ríen, cuchichean, hablan en árabe, gesticulan y no pueden apartar su mirada de unas botas de cuero negras y largas como una noche de invierno. 100 euros, demasiado caras, demasiado sexis para unas simples escolares… ¡Qué más da! Se las ve felices, ajenas a todo lo que les rodea: a las bocinas de los coches, al hombre de traje marrón que riñe con su pareja por el móvil, a la polémica en torno a la decisión del Ayuntamiento de no empadronar a los inmigrantes ilegales… Frente al escaparate, su mundo es otro. Hasta que dos periodistas forasteros rompen ese momento mágico, fraternal, con extrañas preguntas. ¿Que si nos sentimos a gusto en esta ciudad? Claro, llegué aquí cuando tenía un mes, esta es mi tierra, tengo amigos en la escuela, en mi barrio, y nunca nadie me ha dicho nada por ser musulmana”, afirma una de ellas con orgullo y en un perfecto catalán. La otra, mientras, calla y sonríe con timidez. Todavía desconoce el idioma. Hace sólo un año que se trasladó con su familia desde la localidad marroquí de Nador. “Yo le hago de guía, le explico la ciudad, hacemos los deberes juntas, nos los pasamos muy bien”, afirma antes de coger la mano a su compañera y desaparecer poco a poco por una larga avenida.

Foto: Pedro Madueño

DÍA DE MERCADO
Sinfonía de lenguas y etnias

Plaza Major de Vic. Día de mercado. Las gélidas temperaturas parecen no hacer mella en el centenar de mujeres que han acudido puntuales a esta cita semanal.Muchas son musulmanas: llevan velo y humildes vestidos, largos hasta los tobillos, que logran disimular sus figuras. También asiáticas, afroamericanas y señoras de Vic “de tota la vida”. Se entremezclan frases en francés, árabe, catalán, chino, polaco, castellano… creando una sinfonía de lenguas entre paradas de hortalizas, frutas y ropa de ocasión. Es uno de los retratos de esta ciudad de más de 40.000 habitantes que en la última década ha visto cómo su tejido social ha mutado a velocidad sideral: en el año 2000 contaba con una población de 32.781 personas, de las que 2.880 habían llegado del extranjero. Hoy alcanza los 40.690 ciudadanos, de los que 10.494 son inmigrantes.

Una capital de comarca, con un sustrato católico y catalanista, que vive la contradicción de ser un modelo de acogida –con su plan de integración en las escuelas, mediadoras sociales, rehabilitación de barrios– y, al mismo tiempo, cuna de la xenófoba Plataforma x Catalunya, segunda fuerza en el Consistorio con cuatro concejales liderados por Josep Anglada.

¿Conflicto social? ¿Racismo? “Vic es una ciudad muy tranquila, apenas existen problemas graves, pero todo el mundo debe entender que tiene derechos y deberes”, explica una vendedora de hortalizas. A su lado, un joven y fornido subsahariano le ayuda cargando cajas. “Somos un equipo”, afirma ella. Metros más allá, un niño magrebí sigue a su madre con cara de aburrimiento y agarrando con fuerza un balón con los colores del Barça. Pasan sin inmutarse junto a un corrillo que debate la medida del Ayuntamiento. Las opiniones, con matices, son favorables a la iniciativa del alcalde: “Es algo que se debería haber hecho hace tiempo, ahora las cosas están mucho más tranquilas que hace cuatro años”, sostiene Maria. “Es necesario poner un poco de control, hay zonas muy conflictivas, vayan a visitar el barrio del Remei”, exclama Antonia, una mujer nacida en Jaén que llegó a este rincón de Catalunya hace 30 años buscando un mejor porvenir. “Visiten los centros médicos, están colapsados”, sugiere Maria Rosa a los dos periodistas forasteros, y asegura que todas las ayudas sociales “se las quedan los inmigrantes”. Ninguna de ellas se proclama votante de Anglada.

Foto: Pedro Madueño

EL BARRIO DEL REMEI
La sombra de un estigma

Una fina lluvia baña el barrio del Remei, como tratando de borrar el estigma de conflictividad que le acompaña desde hace décadas. Una leyenda negra que se desmonta ante los ojos de los dos periodistas forasteros, tras días recorriendo sus calles. Ni rastro de delincuencia, de prostitución callejera, de menudeo, de violencia, de marginalidad… El paisaje es otro: calles amplias, limpias y tranquilas – envidia demuchos barrios periféricos de Barcelona–; ancianas que pasean con el monedero en la mano, niños de diversas etnias que juegan a la salida del colegio del Sagrat Cor, peluquerías africanas, charcuterías tradicionales, modernas farmacias… También, mujeres subsaharianas hablando a gritos de balcón a balcón o grupos de jóvenes negros, vestidos con anchas prendas de ropa deportiva, paseando sin rumbo a la espera de que su destino cambie y que “vuelva el trabajo”.

Escenas de un barrio popular, de gente trabajadora que ve con temor la actual crisis económica, pero que pasó sus peores momentos hace cuatro años, cuando la llegada de inmigrantes se disparó. En los últimos meses muchos han abandonado el Remei para probar fortuna en Francia, Bélgica… Y los que se han quedado, generalmente ya han echado raíces en Vic.

Una mezcla de culturas, creencias y colores que comporta problemas de relación. Gregori, jubilado de la industria cárnica, explica, entre sorprendido y alarmado, como uno de sus vecinos nigerianos montaba cada domingo en el portal de la escalera una misa a la que acudían más de sesenta personas, con sus guitarras y canciones. “Este barrio estaba dejado de la mano de Dios”, suspira. Pepa, 35 años en el Remei, lamenta que en su bloque vivan ocho africanos en un apartamento.

Pisos patera, retraso en el pago de los gastos de la comunidad, ruidos, fiestas nocturnas, olores especiales… Pequeños choques de civilizaciones en el rellano que suelen encontrar solución gracias a la labor mediadora de personas como Assumpta Ordeig, de la Associació de Veïns del Remei. “La inseguridad aquí no es superior a otras zonas, pero faltan espacios de diálogo entre los vecinos y las instituciones para solucionar los problemas, de lo contrario podemos acercarnos al modelo francés”, avisa.

Otra de las personas que llevan años trabajando por el Remei, y cuya voz es respetada por todos, es el padre Lluís, franciscano que conoce palmo a palmo el barrio y que ha convertido a su parroquia en motor de convivencia en integración: la comunidad ghanesa y la nigeriana celebran sus eucaristías evangelistas, se dan cursos gratuitos de catalán, castellano, lecciones de música, reuniones de alcohólicos anónimos y los fines de semana reparten comida a los más necesitados. Hombre afable, y con una mirada profunda que esconde detrás de unas gruesas gafas de pasta, ve lógica en la decisión del Consistorio. “Hay que regular la situación de los inmigrantes, siempre y cuando se respete los derechos humanos”, asegura. Una opinión parecida a la de Ahmed, dueño de una modesta carnicería y con dos hijos nacidos en Vic: “Si cada vez viene más gente sin control, puede haber conflictos”.

Foto: Pedro Madueño

CENTRO MÉDICO VIC SUR
Inversión con resultado

No hay colapso; ni largas colas de espera, ni personas tiradas en los pasillos, ni escenas de nerviosismo en el centro de atención médica Vic Sud, situado en el barrio del Remei. De nuevo la realidad desmonta la leyenda, alimentada con fines electorales por los extremistas. En la recepción, donde hay un cartel que explica en cuatro idiomas –catalán, castellano, inglés y árabe– las normas del centro, los dos periodistas forasteros hallan silencio y un orden sorprendente.

Cuatro personas esperan en fila india su turno; en la sala de espera de urgencias, dos mujeres subsaharianas y tres parejas de ancianos aguardan en una amplia sala. En la zona de pediatría, un joven matrimonio magrebí mima con besos y caricias a su hijo de escasos meses. ¿Y el colapso? “En los últimos 13 años hemos modificado las plantillas, pasando de 7 a 13 médicos de cabecera; aquí se atiende a todo el mundo y en un tiempo razonable”, explica Marta Serrarols, directora asistencial del área básica.

El esfuerzo para poder dar respuesta a las nuevas demandas que se les plantea con la inmigración es diario: ofrecen talleres sanitarios para jóvenes inmigrantes venidas de zonas rurales del Magreb o el África negra, realizan visitas a las familias recién llegadas y cuentan con programas especiales de traducción. La encargada de esta misión mediadora es Anissa Lamzabi Bou, de padre marroquí y madre catalana, que vive en Vic desde hace 28 años. Lamzabi también controla las altas de la tarjeta sanitaria y ofrece un dato significativo: “Hace seis meses teníamos 30 altas semanales, ahora no pasan de una o dos”. La crisis.

Se las conoce popularmente como las Casas Baratas o el Bronx de Vic. Son tres manzanas de edificios en mal estado que el sindicato vertical construyó en los años sesenta para albergar a los obreros del pantano de Sau. Hoy quedan pocos de esos primeros inquilinos. Con el tiempo, han sido reemplazados por subsaharianos y magrebíes. Pese a la degradación de los pisos, la zona no es especialmente conflictiva. El referente del barrio es la escuela de adultos Montseny, que dirige con tesón Carme Moyano y que ofrece cursos de informática, graduado escolar, idiomas. La educación como antídoto contra la marginalidad. Moyano lamenta los últimos episodios vividos en Vic: “Aquí existe un sustrato tradicionalista e independentista que hace que se mire al de fuera con recelo, el Ayuntamiento se ha pasado”.

En las escaleras del centro, dos jóvenes de 16 años, Farah Chokri, de Tetuán, y Raquel Jordán, nacida en Vic, hablan antes de entrar en clases. “Somos buenas amigas”. Se dejan fotografiar por los dos periodistas forasteros: sus rostros, su limpia mirada, destruyen el discurso xenófobo. Las aulas como punto de encuentro. La educación como antídoto para la intolerancia. “La escuela ha sido uno de los puntales en este proceso, con su aulas de acogida y su reparto equitativo de inmigrantes entre centros, pero ahora para que todo esto siga siendo sostenible es necesario que se controle la inmigración ilegal”, apunta Ramon Mas, profesor en la comarca de Osona desde hace 40 años.

MATADERO MULTICULTURAL
El peso de la industria cárnica

La cadena con piezas de cerdo avanza a un ritmo infernal. Mujeres chinas cortan con habilidad las piezas más exquisitas, mientras que detrás de ellas cuatro subsaharianos mueven sin descanso pesadas cajas con carne. Actúan como un equipo conjuntado en el que cada jugador sabe lo que tiene que hacer. Los dos periodistas forasteros pasean por las instalaciones del matadero del Grupo Baucells, que emplea a más de 250 personas, de las que casi un 80% son extranjeras. “La industria cárnica depende de los inmigrantes, si se fueran tendríamos que cerrar”, sostiene Jaume Piñol, presidente de la cooperativa de mataderos Esfosa. Una empresa que es un microcosmos de ese Vic que trata de adaptarse, con sus errores y aciertos, a los cambios e incertidumbres del siglo XXI

Foto: Pedro Madueño