Nuestra filiación cervantina

Juan Goytisolo. Discurso del premio Don quijote. Toledo 27-X-10

Todo se ha dicho, se dice y se dirá sobre Cervantes y su obra maestra. Cada época modifica y corrige nuestra percepción de ambos. El “raro inventor” -así se autodefinió el autor del Quijote- fascina y fascinará a sus lectores al hilo del tiempo y movilizará las plumas de quienes se esfuerzan en desvelar los misterios que envuelven su vida y su infinita creación novelesca. ¿Quiero decir con eso que no hay progreso en nuestros conocimientos objetivos? Lo hay, pero nuestro saber será siempre paticojo y provisional. Cervantes no se deja atrapar en las redes que le tendemos y la modernidad atemporal de su obra no cabe en ningún esquema.

Su vida es una sucesión de paradojas: cautivo en el seno de un Estado corsario como el del beylicato otomano, cuyos rehenes profesaban creencias distintas y transitaban de unas a otras sin excesivos problemas -los renegados y conversos presentes en su obra dan testimonio de ello-, pasó a ser un hombre libre en otro cautivo de su unanimidad castiza y de su rigidez dogmática, en el que el Santo Oficio velaba por la pureza de la fe y perseguía con saña a quienes se atrevían a pensar por su cuenta.

Herido en Lepanto y aprisionado en Argel durante cinco años no consiguió al ser rescatado, pese a su meritoria hoja de servicios, la autorización de viajar a la Nueva España y se vio condenado a una existencia material difícil de comerciante sin fortuna y de recaudador de alcabalas.

Autor teatral prolífico, no pudo ver representadas sus obras a causa de su falta de arrimos, del caciquismo imperante y la envidia de sus rivales.

La creación literaria brota a menudo de la periferia de la sociedad y Cervantes fue un escritor marginal hasta la publicación de la Primera Parte de su obra maestra. Ajeno a las glorias efímeras del mundo literario de la época, asumió su destino con una fe inquebrantable en sí mismo y en su poder creativo. Una mirada atenta al hilo de su labor solitaria, tanto en el ámbito teatral como en el del relato, muestra una firme voluntad de explorar territorios nuevos. No fue en absoluto, como se dijo, “un ingenio lego” cuyo libro surgió como un geniecillo de la olla de un hechicero. Un simple repaso a los versos de El viaje del Parnaso lo desmiente de modo rotundo. Su avidez de aficionado a leer hasta “los papeles rotos de las calles” revela al contrario una curiosidad omnímoda que supo transmitir a cuantos nos acercamos a su novela. El Territorio de La Mancha es el de la Duda. Todo resulta incierto en él, todo contradice y pone en tela de juicio lo ya escrito y leído, y esta incertidumbre constituye el germen de su universalidad creadora.

Los mitos consustanciales a la especie, no sé si bárbara o humana, a la que pertenecemos chocan frontalmente con la realidad demostrable. Sustituyen la experiencia de la vida por la palabra dicha o transmitida por los portavoces de la supuesta verdad. Nos dicen que no hay que creer en lo que vemos sino en lo que escuchamos o leemos. Pero don Quijote no actúa en función de dogmas nacionales ni religiosos. Lo hace a partir de sus lecturas de los códigos narrativos de su tiempo: novelas de caballería, pastoriles o bizantinas entonces en boga. Sus engaños y desengaños son los nuestros. Sus vacilaciones y perplejidades, también. Ello explica la perennidad de su obra en todos los continentes, culturas y lenguas.

Pero hay algo más: el salto que da de 1605 a 1615. Su genio creativo se agiganta entre la Primera y la Segunda Parte del Quijote y la oportunísima impostura del de Avellaneda. El relato de un personaje enloquecido por sus lecturas se transmuta en el de un creador enloquecido por las infinitas posibilidades de la literatura. El loco ya no es Alonso Quijano sino el padre de la novela moderna y su locura se contagia al lector-relector que goza de la felicidad de calar en ella. Todos los aquí presentes hemos sido “contaminados” por la invención cervantina y ningún tratamiento médico nos podrá curar. La obra de Cervantes es un rico muestrario de las estrategias defensivas de su marginación social, ideológica y literaria. Ambiguo, escurridizo, expresa su verdad individual de forma indirecta, concede la palabra al Nosotros en el que se esponjaba Lope y lo parodia discretamente, con sabiduría y humor.

Frente al clamoroso Nosotros de la época, opone un Yo que excluye toda dimensión colectiva. Los personajes del Quijote no hablan como representantes de una comunidad nacional ni religiosa: son voces individuales que se expresan tan solo a sí mismas. La tradición medieval y erasmista del loco les permite decir su verdad tras la máscara de la risa. Siempre ha sido así: cuantos conservan un poco de juicio en medio del griterío colectivo estorban y se les tilda de chiflados, pero su locura es una forma de cordura y son las muchedumbres que cantan o aúllan a coro quienes pierden el seso en la celebración del jefe o pastor del rebaño que asume gloriosamente la tarea de encauzar su destino. Como escribía hace unos meses Rafael Sánchez Ferlosio, “el Nosotros no solo en la gramática es tan persona como el Yo, sino también, por añadidura, como se ha visto en la unanimidad del Totalitarismo, muchísimo peor persona”.

Por suerte, corren mejores tiempos, al menos en la mayoría de países de nuestra lengua, y el genio literario de Cervantes puede ser admirado con independencia del duro contexto de la época en la que le cupo vivir, como el de un creador que supo aunar las experiencias -dolorosas pero fecundas- de una vida increíblemente rica en ellas con un conocimiento de la cultura de su tiempo muy superior al de la mayoría de sus colegas. El Territorio de La Mancha forjado por ambos elementos cruzó el Canal que lleva su nombre del continente a Inglaterra y fertilizó la mejor novela europea antes de proseguir su polinización el pasado siglo por todo el ámbito de Hispanoamérica, encarnar la universalidad borgiana de Las mil y una noches y volver a la Península. ¡Qué maravilloso desafío el de cotejar la impronta de Cervantes en autores tan distintos como Machado de Assis, Dickens o Flaubert! En Bouvard y Pécuchet se halla grabada del comienzo al fin de la novela: la obstinación de sus dos héroes es la de don Quijote y la risa que provocan también. El gran Carlos Fuentes, el Nobel Vargas Llosa y otros muchos novelistas de las dos orillas reivindicamos así con orgullo nuestra auténtica filiación cervantina, una filiación por encima de las fronteras que separan lo que la lengua une: una lengua preciosamente diversa y rica en matices como prueba la presencia en esta sala de los presidentes de sus 22 Academias.

 

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