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Entrevista a Jorge Moragas

“LA GENTE QUIERE MÁS GESTIÓN Y QUE SE HABLE MENOS DE NACIÓN”

La Vanguardia-Iñaki Ellakuría

Jorge Moragas (Barcelona, 1965) Vive con un pie en Madrid -es el coordinador del gabinete de Mariano Rajoy- y otro en Barcelona -forma parte de la dirección del PP catalán-. Licenciado en Derecho, diplomático de carrera, tiene en la pintura y el footing d os de sus aficiones

Catalán, del PP y residente en Madrid… Por estos lares algunos dicen que eso es una contradicción.
¡Y además soy diplomático ! Ser del PP en Catalunya es defender la esencia plural de esta sociedad. Esto, créame, requiere mucho sentido de la deportividad. Yo me siento más catalán que ninguno. No tengo ese conflicto de identidades que algun os quieren forzar. ¿Catalán o español? ¡Las dos cosas!

¿Deportividad para…?
Para saber encajar los ataques injustos. El PP en Catalunya ha vivido momentos muy duros, en los que lo fácil hubiera sido rendirse. Ahora esos palos ya no duelen, sus argumentos nadie los cree.

¿Se refiere a los años del pacto del Tinell?
Ese pacto entre PSC, ERC e ICV fue un ejercicio muy poco dem ocrático que buscaba expulsar al PP de la vida política catalana. Hoy todavía hay nostálgicos de ese pacto… Pero a todos ellos nuestra candidata Alicia Sánchez-Camacho les va a sorprender y dar respuesta en las urnas.

Pero con Aznar algunos dirigentes del PP no fueron precisamente amables con Catalunya…
Con Aznar es cuando más empleo se creó en Catalu-nya. Aunqu e seguramente
se cometió algún error. En todo caso, lo que nadie podrá echar en cara al PP es que engañara a los catalanes.

Veo que hoy también lleva esa mochila que le hizo famoso en sus inicios de diputado a Cortes…
Era una prenda a la que nunca había otorgado ninguna i mportancia, pero cuando llegué a Madrid a mucha gente les sorprendió que la utilizara con traje.

¿Qué lleva dentro?
Cargadores de móviles, un as cuantas libretas, un libro, varios diarios, las zapatillas para correr, un iPod, un neceser. ¡Vivo entre dos ciudades!

¿Por qué cambió Barcelona por Madrid?
Me fui porque quería ser diplomático y cumplir u n viejo sueño infantil de ser un hombre de mundo. Y allí me quedé ejerciendo mis condiciones diplomáticas, primero, y como político, después.

¿Cómo se ve el actual escenario catalán tras la sentencia
del Estatut?
Catalunya, en estos momentos de crisis económica, necesita más y mejor gestión y menos nacionalismo. Por desgracia, hoy parece más instalada en la rauxa que en el seny.

¿Preocupado?
Esa carrera hacia la ruptura es peligrosa, porque cuando es talla el trueno ya es demasiado tarde para taparse los oídos. En los últimos tiempos se han cometido serias irresponsabilidades en este sentido, pero también me preocupa cierto miedo que he detectado en la sociedad catalana.

¿Miedo?
A perder el trabajo, miedo a verte o bligado a cerrar el negocio…
Póngase una etiqueta: ¿liberal, de derechas, ‘neocon’…?
Siempre me he considerado un liberal-liberal, y con el tiempo m e voy haciendo más liberal-conservador.
Merkel, Sarkozy, Cameron, ¿con quién se queda?
Con Merkel y algunas cosas de Cameron…

¿Y qué destacaría de Mariano Rajoy?
Es el sentido común con patas. Un político que se mueve mejor en el acuerdo que en el conflicto.

Pero salió derrotado en las urnas en dos ocasiones…
En EE.UU. aprendí que los fracasos muchas veces forjan líderes sólidos. Precisamente el gran problema es que Zapatero nunca perdió.

Y el PP le pide día tras día que se vaya…
La mentira fue la pértiga electoral de Zapatero, esta se le ha roto con el Estatut y la crisis e conómica. Zapatero vendía diálogo, pero paradójicamente lo ha utilizado para generar división y conflicto. En su irresponsabilidad para mantener el poder podría llegar a formar aquel Ministerio de la Verdad del que habla George Orwell en su 1984 .

¿Si Rajoy es presidente, cuál será su principal reto?
Combatir el paro juvenil. Recup erar a esa generación de jóvenes que ni estudia ni trabajan. Si no lo hacemos, el país se apagará.

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Nuestra filiación cervantina

Juan Goytisolo. Discurso del premio Don quijote. Toledo 27-X-10

Todo se ha dicho, se dice y se dirá sobre Cervantes y su obra maestra. Cada época modifica y corrige nuestra percepción de ambos. El “raro inventor” -así se autodefinió el autor del Quijote- fascina y fascinará a sus lectores al hilo del tiempo y movilizará las plumas de quienes se esfuerzan en desvelar los misterios que envuelven su vida y su infinita creación novelesca. ¿Quiero decir con eso que no hay progreso en nuestros conocimientos objetivos? Lo hay, pero nuestro saber será siempre paticojo y provisional. Cervantes no se deja atrapar en las redes que le tendemos y la modernidad atemporal de su obra no cabe en ningún esquema.

Su vida es una sucesión de paradojas: cautivo en el seno de un Estado corsario como el del beylicato otomano, cuyos rehenes profesaban creencias distintas y transitaban de unas a otras sin excesivos problemas -los renegados y conversos presentes en su obra dan testimonio de ello-, pasó a ser un hombre libre en otro cautivo de su unanimidad castiza y de su rigidez dogmática, en el que el Santo Oficio velaba por la pureza de la fe y perseguía con saña a quienes se atrevían a pensar por su cuenta.

Herido en Lepanto y aprisionado en Argel durante cinco años no consiguió al ser rescatado, pese a su meritoria hoja de servicios, la autorización de viajar a la Nueva España y se vio condenado a una existencia material difícil de comerciante sin fortuna y de recaudador de alcabalas.

Autor teatral prolífico, no pudo ver representadas sus obras a causa de su falta de arrimos, del caciquismo imperante y la envidia de sus rivales.

La creación literaria brota a menudo de la periferia de la sociedad y Cervantes fue un escritor marginal hasta la publicación de la Primera Parte de su obra maestra. Ajeno a las glorias efímeras del mundo literario de la época, asumió su destino con una fe inquebrantable en sí mismo y en su poder creativo. Una mirada atenta al hilo de su labor solitaria, tanto en el ámbito teatral como en el del relato, muestra una firme voluntad de explorar territorios nuevos. No fue en absoluto, como se dijo, “un ingenio lego” cuyo libro surgió como un geniecillo de la olla de un hechicero. Un simple repaso a los versos de El viaje del Parnaso lo desmiente de modo rotundo. Su avidez de aficionado a leer hasta “los papeles rotos de las calles” revela al contrario una curiosidad omnímoda que supo transmitir a cuantos nos acercamos a su novela. El Territorio de La Mancha es el de la Duda. Todo resulta incierto en él, todo contradice y pone en tela de juicio lo ya escrito y leído, y esta incertidumbre constituye el germen de su universalidad creadora.

Los mitos consustanciales a la especie, no sé si bárbara o humana, a la que pertenecemos chocan frontalmente con la realidad demostrable. Sustituyen la experiencia de la vida por la palabra dicha o transmitida por los portavoces de la supuesta verdad. Nos dicen que no hay que creer en lo que vemos sino en lo que escuchamos o leemos. Pero don Quijote no actúa en función de dogmas nacionales ni religiosos. Lo hace a partir de sus lecturas de los códigos narrativos de su tiempo: novelas de caballería, pastoriles o bizantinas entonces en boga. Sus engaños y desengaños son los nuestros. Sus vacilaciones y perplejidades, también. Ello explica la perennidad de su obra en todos los continentes, culturas y lenguas.

Pero hay algo más: el salto que da de 1605 a 1615. Su genio creativo se agiganta entre la Primera y la Segunda Parte del Quijote y la oportunísima impostura del de Avellaneda. El relato de un personaje enloquecido por sus lecturas se transmuta en el de un creador enloquecido por las infinitas posibilidades de la literatura. El loco ya no es Alonso Quijano sino el padre de la novela moderna y su locura se contagia al lector-relector que goza de la felicidad de calar en ella. Todos los aquí presentes hemos sido “contaminados” por la invención cervantina y ningún tratamiento médico nos podrá curar. La obra de Cervantes es un rico muestrario de las estrategias defensivas de su marginación social, ideológica y literaria. Ambiguo, escurridizo, expresa su verdad individual de forma indirecta, concede la palabra al Nosotros en el que se esponjaba Lope y lo parodia discretamente, con sabiduría y humor.

Frente al clamoroso Nosotros de la época, opone un Yo que excluye toda dimensión colectiva. Los personajes del Quijote no hablan como representantes de una comunidad nacional ni religiosa: son voces individuales que se expresan tan solo a sí mismas. La tradición medieval y erasmista del loco les permite decir su verdad tras la máscara de la risa. Siempre ha sido así: cuantos conservan un poco de juicio en medio del griterío colectivo estorban y se les tilda de chiflados, pero su locura es una forma de cordura y son las muchedumbres que cantan o aúllan a coro quienes pierden el seso en la celebración del jefe o pastor del rebaño que asume gloriosamente la tarea de encauzar su destino. Como escribía hace unos meses Rafael Sánchez Ferlosio, “el Nosotros no solo en la gramática es tan persona como el Yo, sino también, por añadidura, como se ha visto en la unanimidad del Totalitarismo, muchísimo peor persona”.

Por suerte, corren mejores tiempos, al menos en la mayoría de países de nuestra lengua, y el genio literario de Cervantes puede ser admirado con independencia del duro contexto de la época en la que le cupo vivir, como el de un creador que supo aunar las experiencias -dolorosas pero fecundas- de una vida increíblemente rica en ellas con un conocimiento de la cultura de su tiempo muy superior al de la mayoría de sus colegas. El Territorio de La Mancha forjado por ambos elementos cruzó el Canal que lleva su nombre del continente a Inglaterra y fertilizó la mejor novela europea antes de proseguir su polinización el pasado siglo por todo el ámbito de Hispanoamérica, encarnar la universalidad borgiana de Las mil y una noches y volver a la Península. ¡Qué maravilloso desafío el de cotejar la impronta de Cervantes en autores tan distintos como Machado de Assis, Dickens o Flaubert! En Bouvard y Pécuchet se halla grabada del comienzo al fin de la novela: la obstinación de sus dos héroes es la de don Quijote y la risa que provocan también. El gran Carlos Fuentes, el Nobel Vargas Llosa y otros muchos novelistas de las dos orillas reivindicamos así con orgullo nuestra auténtica filiación cervantina, una filiación por encima de las fronteras que separan lo que la lengua une: una lengua preciosamente diversa y rica en matices como prueba la presencia en esta sala de los presidentes de sus 22 Academias.

 

El misterio de B. Traven

Texto de Barry Giford

¿Importa de veras quién fue B. Traven? ¿Fue alguna vez un cerrajero polaco llamado Feige? ¿Un actor convertido en periodista radical en Múnich, llamado Ret Marut? ¿Un emigrante alemán o tal vez noruego llamado Traven Torvsan? ¿Un estadounidense llegado de Europa que alguna vez trabajara como marinero y desembarcara en Tampico en 1942 para nunca volver a navegar? ¿O era Hal Croves, que en 1947 se presentó a John Huston como agente del autor de El tesoro de la Sierra Madre, en el Hotel Reforma de la ciudad de México? ¿Era el hijo ilegítimo de un industrial alemán judío llamado Emil Rathenau y de una actriz de nombre Josephine von Stenwarldt? ¿O el hijo ilegítimo del káiser Guillermo y de una actriz llamada Helen Mareck o Helen Maret? ¿Por qué Ret Marut —antisemita pero exaltado defensor del anarquista judío Gustav Landauer en Baviera en 1919—, que muchos piensan que se transformó en B. Traven, fue un narrador y humanista que se aisló en México tras escapar a una sentencia de muerte por haber sido declarado enemigo del Estado en Múnich; había tratado de huir a Estados Unidos o Canadá, se había ocultado en Berlín durante cuatro años, haciendo y vendiendo muñecas de trapo en la calle con su amante Irene Mermet (que después se casó con un abogado y profesor de Harvard y vivió en Nueva York), y estuvo preso durante tres meses en la cárcel de Brixton, en Londres, por no haberse registrado como extranjero y hacerse llamar Hermann Feige, tenía una caligrafía por completo diferente de la escritura de quien se proclamó autor de alrededor de una docena de novelas, además de algunos cuentos y un memorable trabajo documental?
     

El hombre llamado B. Traven declaró una y otra vez que lo único que importa de veras es la obra, no el autor, conclusión con la que tiendo a estar de acuerdo. Como señala el estudioso de Traven, Michael Baumann, en realidad no se sabe nada sobre Shakespeare ni sobre Homero, pero la obra de ambos es objeto de reverencia y estudio infinitos. No, no importa quién fuera B. Traven. Lo que importa —me importa a mí, por lo menos— es por qué.
    

 Como muchas personas, el primer contacto que tuve con la obra de Traven fue a través de la película El tesoro de la Sierra Madre, dirigida por John Huston, protagonizada por Humphrey Bogart, realizada en 1948. Nunca olvidé al chico, representado por Bobby Blake, que le vendía un billete de lotería a Fred C. Dobbs, el personaje representado por Bogart, en una cantina de Tampico. Casi medio siglo después, Blake representó a otro personaje inolvidable llamado “El Hombre del Misterio” en una película que escribí en colaboración con el director de la cinta, David Lynch: Lost Highway. En 1958 poco podía saber, a mis once años de edad, al ver a Bogart echarle whisky o tequila en la cara al niño que trataba de avisarle que acababa de ganarse la lotería, que el verdadero “hombre del misterio”, invento de la imaginación de un genio loco como el Dr. Mabuse, era el creador de los personajes.
    

 Unos años después de haber visto esa película comencé a leer los libros de Traven. Primero leí el Tesoro, claro está, y luego El barco de la muerte, Los pizcadores de algodón, El puente en la selva, Marcha a la montería, Gobierno, y el resto de la serie de narraciones sobre la selva. Leí sus cuentos del libro El visitante nocturno, así como una pequeña gema de bolsillo que encontré en un cesto de libros usados en Chicago, por el cual pagué cinco centavos, titulado Stories by the Man Nobody Knows (Cuentos de B. Traven). Éste fue el libro que me hizo preguntarme por qué… No me importaba tanto quién fuera B. Traven, sólo quería saber por qué no quería que lo supiera la gente.

     

El poeta simbolista francés Arthur Rimbaud dejó de escribir poesía a los diecinueve años, después de que su amante, un hombre casado, el poeta Paul Verlaine, le disparara en una muñeca en un hotel de Bruselas. Rimbaud se incorporó a la marina neerlandesa, de la cual desertó enseguida. Durante su vida posterior, relativamente breve —murió a los 37 años—, obsesionaba a Rimbaud que lo persiguieran las autoridades neerlandesas, decididas a prenderlo y meterlo en la cárcel. Quizá por eso huyó de Europa y de la vida literaria, y se estableció como comerciante de armas y traficante de esclavos para el rey Meneluk, de Abisinia, la tierra de los hombres “con cola” y la cara a rayas. Rimbaud se fue al sur unos cuatro años antes de que también se fuera el hombre llamado Traven. La diferencia es que Arthur dejó de publicar en ese momento, mientras que Traven comenzó entonces. Si Traven realmente era Ret Marut, fugitivo de Alemania, quizás tuviera el mismo temor, el de ser tomado preso y quedar en manos de las autoridades del Viejo Mundo.

¿Qué mejor solución que cambiar de nombre, de geografía, incluso de letra? (A mis ojos no especializados, las muestras que de su caligrafía proporcionó Traven a sus biógrafos Karl Guthke y Baumann inicialmente parecen masculinas —Marut— y después femeninas —Traven—. Las cartas de este último posiblemente fueran escritas por Irene Mermet, que visitó a Marut-Traven en México durante los primeros años que éste pasó allí. A principios del decenio de 1930, las cartas de Traven estaban escritas por completo en máquina y a veces apenas firmadas con una pequeña rúbrica, ilegible.)

     La pregunta insistente sobre B. Traven es quién escribió realmente esos libros. ¿Será que Marut —cuyo apelativo sin duda era un nome de plume de guerre— hizo amistad al llegar al estado mexicano de Tamaulipas con alguna persona que ya los había escrito o estaba escribiéndolos? No lo creo. Creo que El barco de la muerte (publicado en Alemania en 1926), igual que todos los demás libros de Traven, son obra del renegado en alemán y fueron mal traducidos al inglés por él mismo con la finalidad de hacer pensar al público que los había redactado un estadounidense. Bernard Smith, editor de la casa Alfred A. Knopf, que publicó El barco de la muerte, reconoció haber sometido esta novela a una profunda revisión para hacer aceptable su inglés. Marut-Feige-Rathenau-Wilhem, o quien fuera, a continuación procedió a sacar narraciones de su nueva tierra, que resultaron en la serie de libros sobre los jornaleros del campo y su explotación por los terratenientes productores de algodón, en los campos petroleros y la selva. Los pizcadores de algodón se llamaba originalmente Der Wobbly, en honor a la organización International Workers of the World, de breve duración, que dio origen al sobrenombre de wobblies, y el tema era del todo congruente con Marut. El hecho de que este escritor sazonara El barco de la muerte con detalles e insinuaciones antisemitas y después, en 1933, en cartas a su editor hiciera referencia a los “sucios judíos”, “ajudiados y semitizados por delante y por detrás”, “codiciosos, viscosos, apestosos [para salvar tu] almacén semita de departamentos”, etc., no me sorprende. Incluso un llamado anarquista radical como Marut, y no obstante su apoyo a Landauer, tenía, como alemán, profundamente cincelado el antisemitismo. No me parece que sea una incongruencia: creo que se trata de una enfermedad cultural, una enfermedad que predominaba tanto ayer como hoy. En su obra, B. Traven, por lo menos hasta 1940, cuando dejó de publicar, defendió los derechos de los fellahin, la clase baja, los “pobrecitos”, a la vez que les daba una imagen noble, con lo que se convirtió en una especie de forjador moderno de mitos, en congruencia con su celoso y egoísta idealismo intelectual. ¿Qué importa? Sabía narrar y eso es lo que cuenta. Por eso sus libros fueron best sellers en todo el mundo, pese al estilo desmañado, de sintaxis confusa, sin acabar, mal traducidos o mal escritos. B. Traven, quienquiera que fuera, como Joseph Conrad, que escribió en su cuarta lengua, creando así un estilo irrepetible, tenía algo importante que decir. No hurgaba llagas sin trascendencia, como hace la mayoría de los modernos escritores de hoy. Ésta es una razón por la cual sus libros vivirán mientras haya lectores.

En abril de 2004 me invitaron a comer una de las hijastras de Traven, Malú Montes de Oca de Heyman, y su esposo, Tim, banquero y escritor británico, a su casa de la ciudad de México. Había organizado el encuentro un editor de esta ciudad que conocía mi interés constante por la obra de Traven y sabía que, a principios de los años setenta, yo había estado en contacto con Rosa Elena Luján, la viuda de Traven (éste murió en 1969) y madre de Malú. De alguna manera conseguí la dirección de la viuda y le escribí porque había una novela de Traven que nunca había logrado encontrar, Trozas (The Logs), y quería saber si ella podría indicarme cómo encontrar un ejemplar. Rosa Elena generosamente me mandó un ejemplar, en alemán porque no se había publicado en inglés. Se lo dije a Malú, que me informó que su madre —viva aún pero muy enferma— obviamente se había dado cuenta de la sinceridad de mi interés y me mandaba la novela por su dedicación actual a la obra de su marido.

     También le dije a Malú que en 1978, estando en Mérida, Yucatán, había conocido al dueño de una librería que me había contado que él había ido a la escuela con ella y con su hermana Rosa Elena, y decía haber visto en varias ocasiones a su padrastro. Me describía el tercer piso de su casa, en las calles de Río Mississippi, donde estaba el estudio de Traven, que denominaban “El puente”, como el de un barco, y me contó que Traven, al que se dirigía como “señor Traven”, y no Croves, siempre había sido generoso con él, que era un escritor en ciernes. Malú me explicó que su padrastro utilizaba el nombre Hal Croves en público y para firmar sus guiones, con el propósito de separar esos trabajos de sus novelas. (Entre sus guiones están Macario y La rebelión de los colgados.)

     Malú me mostró las máquinas de escribir de Traven, de las cuales una Underwood portátil, manual, por supuesto, fue la que utilizaba en la selva de Chiapas, según me dijo. También me enseñó los sombreros del escritor, entre ellos un casco de safari en el que había encontrado cabello de Traven. “Si logro encontrar con qué compararlo —dijo Malú—, podría mandar hacer un análisis del ADN para saber quién era en realidad.” La verdad, reconoció, es que ni ella sabía el origen del hombre que consideró su padre desde los diez u once años. Ella y su hermana lo llamaban Skipper. “Tenía las manos más singulares que le haya visto a ningún hombre”, afirma.

     Malú y Tim fueron anfitriones amables y me invitaron a ver los libros de Traven, no sólo las diversas ediciones de sus novelas, sino su biblioteca personal, que fue lo que más me interesó. Había algunos libros en alemán, aunque casi todos en inglés, sobre todo la narrativa: Conrad, Conan Doyle, Wells. Había títulos de Mencken y libros sobre el oro y la minería, bibliografía que habrá consultado para escribir El tesoro de la Sierra Madre. A fines del decenio de 1970, mientras trabajaba de consultor editorial, recomendé la publicación del libro para niños de Traven La creación del sol y la luna, que efectivamente se publicó. Fue una decisión acertada y durante las gestiones conocí al principal editor de Traven en Estados Unidos, Lawrence Hill. Malú también había conocido a Hill, y le conté que, una vez que almorzaba con él en el Players Club de Nueva York, me había dicho que quizá ni el propio Traven supiese bien a bien quién era. Es decir, que el hombre llamado Traven, o Torvsan, o Croves, no tenía seguridad sobre sus orígenes, y que esto estaba muy relacionado con el oscurecimiento de su identidad. En su lecho de muerte fue cuando parece ser que le confesó a Rosa Elena, su esposa, que había sido, efectivamente, Ret Marut, y que ella podía hacerlo público. A mi juicio, le dije a Malú, Traven siempre supo quién era, quiénes eran sus padres, dónde había nacido. Durante tantos años, como Rimbaud cuando recurrió a la naval neerlandesa, lo abrumaría y acosaría un temor parecido, fundado o no; y cuando todo peligro real o imaginario hubo pasado, también pasó su capacidad o necesidad de transformarse.

     Pero una cosa me inquieta, el tardío intento de Traven de enriquecer su leyenda literaria escribiendo y publicando una novela final: Aslan Norval, en 1960, veinte años después de su última novela de la selva. Aslan Norval, que yo sepa, sólo se publicó en alemán, nunca en inglés. En 1960, Traven tendría cuando mucho 78 años (la fecha de su nacimiento sería 1882 o 1890), y según Rosa Elena Luján era un hombre vital, fuerte mental y físicamente casi hasta su muerte, nueve años después. Aslan Norval muestra el antiguo antisemitismo expresado por Ret Marut en su revista de Múnich en 1919 Der Ziegelbrenner, y por B. Traven en sus cartas a sus editores alemanes en 1933. Esta última novela es floja y, en consecuencia, ha pasado prácticamente inadvertida y no se tradujo. ¿Por qué la publicó? La razón es que Traven era un escritor y nunca dejó de escribir, aunque sólo fuera en su mente, sobre todo, y no podía cambiar. La verdad última es que B. Traven nunca pudo olvidar quién era. –

¿Quién fue B. Traven? 1

Es de lo poco seguro: B. Traven murió en ciudad de México el 26 de marzo de 1969, quizá a los ochenta y siete años, y sus cenizas, como había pedido, fueron esparcidas sobre el río Jataté en la selva de Chiapas. Con esa inicial y ese apellido firmó la mayoría de sus libros, de los que se llevan vendidos más de 35 millones de ejemplares en 36 lenguas. El más famoso -aunque gracias al cine- fue El tesoro de Sierra Madre. Se cuenta que era el novelista favorito de Einstein, y su historia, su enigma, su leyenda, no han sido puestos en claro de forma unívoca y definitiva, así que será lo último lo que acabará prevaleciendo. En tres obras relativamente recientes sobre su personalidad y su vida, cada autor llega a muy distintas conclusiones, si bien coinciden los tres en algunos datos, para que se acreciente la intriga. No puedo resumir aquí tantas pesquisas, pistas falsas, contradicciones y desmentidos, esforzadas deducciones y certezas negadas, tanta labor detectivesca. Pero para hacerse una idea de la capacidad esquiva de Traven, basta con enumerar los nombres que utilizó en la ficción o en la realidad: Arnolds, Baker, Hal Croves (con éste se hacía pasar por su propio agente cinematográfico), Traven Torsvan, Traves Torsvan, Berick Traven, Bruno Traven, Traven Torsvan Torsvan, Traven Torsvan Croves, B.T. Torsvan, Ret Marut, Rex Marut, Robert Marut, Fred Maruth, Fred Mareth, Red Marut, Richard Maurhut, Albert Otto Max Wienecke, Adolf Rudolf Feige, Kraus Martínez, Fred Gaudet, Otto Wienecke, Lainger, Goetz Ohly, Anton Riderscheidt, Robert Bek-Gran, Arthur Terlelm, Wilhelm Scheider y Heinrich Otto Becker, que se sepa. Más modesta es la lista de nacionalidades que dijo tener, a menudo con pasaporte: inglesa, americana, sueca, noruega, lituana, alemana y mexicana. No se quedó corto, en cambio, respecto a las profesiones que desempeñó o dijo desempeñar en algún momento: escritor, actor, director teatral, mecánico, ingeniero, librero, fotógrafo, agente teatral, profesor de drama, marino mercante, cocinero, explorador, guía, traductor, marinero, profesor de lenguas, granjero, frutero, tutor, panadero, empresario, soldado, cerrajero, periodista, revolucionario, anarquista bávaro, peón algodonero, científico, guionista, agente literario y psicólogo. Según las diferentes descripciones que de sí mismo hubo de aportar en documentos oficiales, su estatura fue de 1.71, 1.66, 1.65, 1.68 y 1.70. Sus ojos oscilaron tan sólo entre el gris, el azul y el azulgris, pero su pelo fue consignado como castaño, gris, negro, castaño oscuro, castaño claro, rubio, rojizo, blanco y cano. Se dijo que escribía en inglés, en español, en noruego, en sueco y en alemán (al parecer lo hacía en esta última lengua, al menos en primera redacción, aunque siempre negó ser alemán o austríaco). En vista de lo escurridizo que era, le fueron atribuidas las siguientes personalidades, ocultas tras su inicial y apellido públicos: el novelista Jack London, el cuentista Ambrose Bierce (quien, ya viejo, había cruzado la frontera con el México revolucionario y desparecido para siempre en 1913), un millonario americano, un negro fugitivo, Frans Blom, el profesor Frank Tannenbaum, un leproso, el Presidente Adolfo López Mateos, Esperanza López Mateos, August Bibelje, Jacob Torice, el Presidente Elías Calles, un editor alemán, Arthur Breisky, el capitán Bilbo, un grupo de litertatos hondureños (?), un grupo de guionistas izquierdistas de Hollywood, un hijo ilegítimo del Kaiser Guillermo II y el hijo ilegítimo de un albañil polaco.

Morante grita libertad

 Morante de la Puebla, cual profeta venido del sur, se convirtió ayer en el estandarte de una afición taurina catalana que se resiste, al grito de “¡libertad!” y “¡no a la prohibición!” a una muerte de la fiesta dictada y anunciada para el 1 de enero del 2012. Después de poner patas arriba la Monumental con una faena que le valió dos orejas, la afición explotó de alegría pero también de rabia e improvisó una marcha, encabezada por una gran senyera, que llevó a hombros a Morante desde la Monumental hasta su hotel de diseño cuatro estrellas sito junto al Fòrum.

 

El torero, elevado como una Virgen rociera por unas mil personas, se convirtió en el estandarte de unos aficionados que recorrieron por el centro de la calzada las calles Marina y Diagonal hasta el Fòrum. Una suerte de procesión pagana que se inició dentro de la plaza durante la tradicional vuelta al ruedo y que, poco a poco, fue tomando cuerpo en pleno centro de la calle Marina, con los gritos de apoyo de los aficionados. Una explosión popular que cogió por sorpresa a mossos y urbanos.

 Desbordados y atónitos, no supieron cómo actuar y se convirtieron (sin quererlo) en escoltas oficiales de una multitud eufórica que elevó hasta el cielo barcelonés a un joven sevillano vestido de traje de luces. Morante, emocionado, mostraba su montera para responder a los vítores. Su rostro, habitualmente serio, lucía una media sonrisa cargada de picardía. Era consciente de que estaba protagonizando una página de la historia de la tauromaquia en Catalunya, quizá la última gran página… Si en el lejano 21 de julio de 1912, cuando una muchedumbre llevó a Belmonte a hombros hasta su casa de Sevilla tras su debut en la Real Maestranza y lo consagró como dios del toreo, ayer fue la afición catalana la que rindió su particular homenaje a Morante. De la Monumental a su hotel sin pisar la calzada.

 Una manifestación que tuvo mucho de fiesta pero también de reivindicación política. Un grito de rabia de una minoría que se resiste a que la conviertan en pasado. “¡Catalunya es taurina!”, “¡Libertad, libertad!”, “¡Catalunya es plural!”, “¡No a la prohibición!”, “¡Viva Morante!”, “¡No nos callarán!”, “¿Dónde está Montilla?” fueron algunos de los gritos lanzados por los aficionados en una marcha que duró una hora y que no registró incidente alguno.

Fue un colofón festivo y reivindicativo a una tarde de toros que empezó crispada cuando, antes de la corrida, protaurinos y antitaurinos se enzarzaron en un cruce de reproches e insultos; aunque la rápida intervención policial evitó que fuera a más y que unos y otros, detractores y defensores de la fiesta, pudieran llegar a las manos.

 Iñaki Ellakuría-La Vanguardia 26-9-2010

Homenaje a Agustín de Foxá

Fulgurante Agustín de Foxá

ABCD-Santiago Castelo

Era gordo, inteligente, mordaz, sensible, cínico, deslumbrador… y fue un poeta impresionante, al que sólo la cicatería y la envidia han podido condenar al ostracismo. Tenía la melancolía a flor de piel y un punto de tristeza en aquellos ojos irónicos y aquella boca maliciosa: por una frase brillante era capaz de crearse enemigos irreconciliables y hasta jugarse los propios destinos de su carrera diplomática. Fue el testigo de una época devastadora, soñador de unos mundos que se fueron para siempre, sabedor de una vida limitada a cuyo final nunca faltaba la silueta tremenda y aterradora del olvido.

Por su ingenio y su mordacidad se enfrentó a personajes tan variados como el Conde Ciano, que lo expulsó de Italia; el dramaturgo Joaquín Calvo Sotelo y falangistas variopintos que no le perdonaban sus sarcasmos: «Menuda patada le van a dar a Franco en nuestro culo» o los sonetos que, aunque sin firma, llevaban su sello indeleble: una conocida familia de bodegueros de Jerez, los escarceos amorosos de Celia Gámez, las vidas y milagros de prohombres del franquismo y otros personajillos del mundo de la Carrera que, a veces, para quitárselo de en medio, lo mandaban a legaciones en los antípodas, ya fuera Cuba, ya Filipinas, a donde, al final, lo enviaron -sabedores de sus enfisemas pulmonares- a una muerte segura por el clima húmedo y tropical.

La historia se derrumba. Al lado de todo esto estaba el romanticismo de Foxá, su cultura, su ingenio. Entre las fechas que marcan su vida -1906-1959-, Agustín de Foxá va a ser el mejor testigo de un mundo en crisis, convulso. Quizá porque se daba cuenta de que la Historia -la vieja y empolvada Historia, cortesana y galante- se derrumbaba con sus leyendas y sus fantasías, fue por lo que estalló con una pluma encendida y atronadora. Su trágico sentido de la vida, ante ese espectáculo del mundo desmoronándose, le hizo escribir las páginas más ardientes y a la vez más dulces de toda una sociedad en trance de locura. Fue siempre, sin quererlo, el pequeño niño que aparece en sus primeros libros de poesía, el muchachito del «Romance del Retiro» vestido de marinero y con la desolación de saber que todo ese horizonte que le rodea se está perdiendo sin remedio.

Hombre de ABC. Hoy nadie niega que su novela Madrid, de Corte a checa es una de las más estremecedoras y magníficas de cuantas se han escrito sobre la Segunda República. Pero se le escatiman los elogios, se le ningunea con tesón, se le olvida con injusticia. Guillermo Díaz-Plaja llegó a escribir de él: «Solamente quería ver el costado magnificente de las cosas [?]: recorría en ideales carabelas líricas los azules intensos de los mares del Caribe como un virrey que fuera un poco un pirata; o se subía a un viejo landó isabelino o al tren de la fresa que iba a Aranjuez para imaginarse en un mundo de pavanas y polisones». Pero no era exactamente así. Guardaba al final de sus días -tan joven aún- la melancolía de su infancia, la soterrada pena de haber perdido su adolescencia aguerrida, valerosa y soñadora, cuando ingresó, año 1930, en la carrera diplomática; cuando conoció a José Antonio Primo de Rivera -algún verso suyo está en el Cara al Sol-; cuando vivir la vida era un peligro a salto de versos y la muerte una novia deseada.

Hombre de ABC, recorrió Europa, después de la Guerra Civil española, y en la amistad y compaña de Curzio Malaparte, firmó crónica de corresponsal bajo este antetítulo: «ABC en el frente finlandés».

Hasta que descubre América. América será para Agustín de Foxá el universo fantástico del mañana, la tierra virgen prometida. Iba a ser el espectáculo del maya y del inca, del misionero y del descubridor, del mar y la palmera, de la criolla y el beso. En ese instante, Foxá se erige en el hombre rabiosamente clásico y mediterráneo que apura la vida a torrentes, borrascosa, de un continente nuevo cuando trae el corazón dolorido por las guerras crueles que asolaron su vieja tierra europea. Hay años -entre 1949 y 1953- que envía mensualmente a ABC hasta diez artículos. Aumenta su emotividad literaria, se hace aún más brillante la metáfora. Había compaginado aquel evocador «Yo debí nacer en Grecia, yo debí llamarme Egisto» con la exaltación del «12 de octubre en las Antillas» y aquellos «Fue un hermoso negocio; por un loro una espada / y por otro, abalorios que brillaban al sol / y huyó la india desnuda por la selva, asustada, / con su rostro en el agua de un espejo español». La mayor parte de sus Terceras pertenece a la etapa americana. Una de ellas -«Los cráneos deformados»- le valió el Premio Mariano de Cavia de 1948. El 25 de mayo de 1949, tras la cena en la Casa de ABC, Foxá leyó su discurso de gratitud en verso. Fue un brindis a la fugacidad del artículo literario, a la agilidad del periodismo: «La actualidad es nuestra frágil rosa / en una hora fresca y marchitada. / Lo que el lunes fue luz, martes ya es sombra, / que el suceso es el pez de nuestras mallas».

Periodista de raza. Otro de sus artículos -«El peso de la púrpura»- merecería el honor de ser publicado dos veces en Tercera. Una, el 4 de noviembre de 1950; la otra, el 10 de noviembre de 1956. Se había producido una vez más la clara intuición del lírico y el análisis certero del periodista de raza.

Hoy nos quedan sus libros desperdigados: magníficas las Obras Completas que editara Prensa Española, las reediciones incesantes de Madrid, de Corte a checa; pero apenas se encuentran sus libros de poemas, sus octosílabos de niñez, evocadores del Madrid de la Restauración o el romance -bellísimo- a la muerte del Rey Alfonso XIII en el exilio de Roma. Eso sí, son muchísimos los españoles y los hispanohablantes que se saben de memoria su melancolía de desaparecer, aquel poema que comienza:

 pensar que después que yo me muera / aun surgirán mañanas luminosas?

No. Por más que hayan querido enterrarlo muchas veces, Foxá sigue vivo medio siglo después de haberse muerto

MELANCOLÍA DEL DESAPARECER

Y pensar que después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.

Entrevista Patrick Modiano (2)

“El tiempo es destructor como un bombardeo”
Xavier Ayen. LA VANGUARDIA

Lo primero que llama la atención de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) es su altura de jugador de baloncesto (1,98 m, según precisa). Nos recibe en su casa de París, equidistante entre el jardín de Luxemburgo y la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, en unos barrios inmortalizados en sus novelas. Hay un vídeo en You-Tube que simboliza mejor que nadie el sentido de su obra: aparece Modiano recorriendo un supermercado, construido donde antes había un cine, e intentando situar entre los estantes de productos los elementos que su memoria le indica: “Creo que aquí estaba la pantalla, aquí las butacas…”, apunta vacilante. En España vivimos un auténtico resurgir de Modiano, pues a su última novedad, En el café de la juventud perdida (Anagrama/ Proa), y a su prólogo al Diario de Helène Berr (Anagrama/ Empúries), se suma la edición de dos obras antiguas suyas, Dora Bruder (Seix Barral) y Calle de las tiendas oscuras, ganadora del Goncourt en 1978 y que Anagrama y Proa publicarán el próximo 5 de marzo.

Ahora que coinciden tantas novedades suyas, es la ocasión de comprobar si es verdad que escribe siempre el mismo libro.

Esa es una sensación que tengo a menudo. El mismo libro pero escrito a trozos, como un corredor que se detiene y retoma la carrera un tiempo después. Cada vez el mismo libro pero desde ángulos diferentes. De forma completamente discontinua, sin arquitectura. En el siglo XIX, las novelas se construían como una catedral, pero esto mío son unos trocitos. Como en la memoria, las cosas vienen a golpes, sin orden.

Si en Un pedigrí era usted quien realizaba una labor de detective sobre su pasado, en Calle de las tiendas oscuras es el narrador quien se pregunta por su identidad?

Él encima sufre amnesia, y no recuerda nada de su vida anterior. Intenta encontrar su pasado. Lo raro es que mis novelas son siempre eso, y no me doy cuenta más que cuando las he acabado: “Mira – me digo-,has vuelto a hacer la misma cosa”.

Esta es una novela en brumas, no conocemos ni la identidad del personaje principal…

Hay una atmósfera onírica, no estamos seguros de nada.

El pianista toca Que reste-t-il de nos amours y toda la novela es una pregunta sobre qué es lo que queda de nuestras vidas…

Estaba obsesionado con el hecho de que a menudo, de nuestras vidas, sólo quedan algunas briznas: unas pocas fotos, alguna agenda, los testigos desaparecen y los que quedan dan falsas indicaciones. El libro es una novela negra.

El narrador de Calle de las tiendas… no comprende el mundo, está perdido. ¿Y usted?

Todo tiene siempre un lado incoherente. Y, para que me vengan ganas de escribir algo, tengo necesidad de que las cosas sean enigmáticas. Me fijo en elementos que existen realmente: calles, personas, e intento infundirles misterio. Creo firmemente que incluso las cosas que nos parecen más banales contienen un misterio que, si uno las mira fijamente, acaba por desvelarse, como si todo tuviera una especie de subrealidad.

Reencontramos a París como personaje.

También es un París onírico que, aunque basado en lo real, con calles precisas, está totalmente interiorizado, a partir de mis recuerdos. Un París que ya no existe, no nostálgico, sino soñado. Han desaparecido tantos lugares… el paso del tiempo es como un bombardeo, todo se convierte en tiendas de ropa de marca.
Modiano
En el café de la juventud perdida habla de las zonas neutras de París. ¿Qué son?

Cosas raras, no man?s land, lugares imposibles de definir con precisión, barrios en los que uno no sabe si está o no en París, espacios que no se corresponden con su entorno, fuera de lugar. Por ejemplo, en los 70, el espacio donde hoy tenemos el museo Pompidou era un terreno vago, un gigantesco solar aparecido por los inmuebles destruidos tras la guerra. Era un agujero brumoso, impreciso, en medio de la ciudad.

No se relaciona mucho con escritores, ¿por qué?

Alguien que escribe está encerrado en su universo, en una campana de vidrio, es terrible. Me han dado siempre pena los encuentros entre grandes escritores, por ejemplo cuando Joyce se vio con Proust, en un episodio patético porque no llegaron casi ni a hablarse. Es una paradoja pero podría hacerle una larga lista de escritores que se han encontrado y ni siquiera se han comunicado. Es triste, es como si levantáramos una muralla, somos un poco autistas. Debe de haber gente, a lo mejor no en Francia, que trabaje en una línea parecida a la mía pero no los conozco y si les conociera no sabría qué decirles.

DOS TESTIMONIOS DEL HORROR

Las Anna Frank francesas

Dos libros vinculados a Modiano – cuyo padre era judío-recuerdan el horror del holocausto a través de sendas chicas francesas, que han sido comparadas a Anna Frank por el impacto que sus casos han causado en la opinión pública francesa. El Diario de Helène Berr recupera la voz de una chica de la burguesía que acabaría sus días en Auschwitz, como sus padres, pero que escribió estas páginas entre el 7 de abril de 1942 y el 15 de febrero de 1944 con la esperanza de que su novio las leyera. Modiano ha escrito un conmovedor prólogo, que puede leerse en las ediciones castellana y catalana, recién publicadas, y en el que elogia la alta calidad literaria del manuscrito, así como el afán de disfrutar de la vida de su autora. Asimismo, Seix Barral ha sacado al mercado Dora Bruder, libro escrito en 1997 por el propio Modiano basado en el caso real de una chica de 15 años desaparecida – sus padres llegaron a publicar un anuncio en la prensa en 1941 pidiendo datos sobre ella-y que en realidad fue llevada a los campos de exterminio. “Hay coincidencias entre los casos de Dora Bruder y Helène Berr – cuenta Modiano-,pero son también diferentes porque Berr procedía de un medio culto, burgués, donde había sólidos puntos de referencia que de hecho le permitieron escribir su diario. En cambio, lo que me fascina de Dora Bruder es que era alguien que no pudo expresarse, le robaron su voz, no pudo contar el destino que tuvo. Y eso es lo que yo he hecho”. Modiano investigó durante años porque “lo más raro es que no había testimonios, apenas algún apunte en los registros policiales. Es terrible ver cómo todo se pierde: incluso si usted pregunta a alguien sobre su propia vida él mismo habrá olvidado muchas cosas, o deformará otras inconscientemente, la incertidumbre es total”. El de Bruder fue un caso real, pero paradójicamente ha sido definido por algunos como una de las mejores novelas de Modiano. “Me parece bien – comenta-,yo no hago esa distinción, Dora Bruder ha existido pero lo extraño es que, tras haber escrito su libro, no tuve la impresión de que me hubiera desviado de mi línea. No hay ninguna diferencia, finalmente, entre este libro y mis novelas”. En Dora Bruder vemos cómo los nazis establecieron un rígido sistema de categorías de identidad: “Es extraño eso, casi metafísico: era todo un sistema complejo, con fichas muy precisas y al mismo tiempo, después, no quedó rastro de nada”.

Entrevista a Patrick Modiano (I)

Las obsesiones de Modiano

ANTONIO JIMÉNEZ BARCA (EL PAIS)

Un día de hace casi 20 años, Patrick Modiano encontró en un viejo periódico parisino de principios de los cuarenta un pequeño anuncio que le impresionó. Decía así: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 metros, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. Modiano se obsesionó con el anuncio, con la chica y con la historia que ahí latía, en parte porque él había visitado mucho esa calle de adolescente. Se convirtió en una especie de detective privado contratado por sí mismo. Pronto descubrió que Dora Bruder era judía, que tras escaparse de casa fue detenida por la policía colaboracionista y deportada a Auschwitz, donde murió. Modiano buscó más. Revisó los archivos policiales, espulgó las viejas guías de teléfonos de París que nunca faltan en su casa, consultó fichas municipales, entrevistó a varios testigos de la época y del barrio que pudieran aún recordar que la conocieron. Anduvo como un lunático errando por las calles que Dora recorrió y que él conocía bien por haberlas andado de adolescente; entraba en los portales de los edificios que ella habitó y se quedaba ahí, quieto, esperando no se sabe qué… Ya no encontró nada más. Tenía el fin de la historia de Dora Bruder pero muy poca cosa de ella. Su rastro se había perdido casi definitivamente, como tantos otros. Sin embargo, con ese casi, con esas minúsculas certidumbres y utilizando también como material narrativo su propia obsesión y su búsqueda, Modiano escribió una joya estremecedora titulada Dora Bruder que habla de la memoria, de la dignidad y de la vida, contenida en apenas un centenar largo de páginas que ahora se vuelve a publicar en España.

“Luego, con los años, y con el libro ya publicado, me llegó algo más de documentación sobre Dora. Y me planteé la cuestión de si merecía la pena reescribir la novela o no. Decidí que no. No soy historiador. Soy novelista. No importa tanto el resultado de la búsqueda como la búsqueda en sí. Así que la novela se quedó como está”.

PREGUNTA. ¿Y por qué esa obsesión por alguien que no conoce de nada?

RESPUESTA. Yo también me he hecho muchas veces esa pregunta: ¿por qué estás obsesionado con las huellas de otras personas? Y creo que es porque vivo en el siglo XX o XXI. Si yo hubiera vivido en el siglo XIX habría escrito novelas rurales: largas novelas redondas y completas. Pero en esta época todo es fragmentario, y las grandes ciudades favorecen eso, el anonimato, que el rastro de las personas se pierda. No sé si me explico

… También es verdad que yo siempre he estado impresionado por las desapariciones, por las ausencias. Por eso me fascinan las viejas guías de teléfonos en las que aparecen los nombres de los abonados, porque de un año al otro hay gente que desaparece, que se va

…, en especial de algunos barrios, como el XVI.

P. Precisamente, muchas de sus novelas se desarrollan en esa parte de París, el XVI, cerca de Trocadero, que no tiene nada de especial. ¿Por qué?

R. Por eso, porque no tiene nada de especial. Muchos lo consideran un típico barrio burgués. Pero no es así del todo. Tiene una parte de barrio anónimo, banal, sin monumentos históricos, donde uno puede imaginarse cosas. En otros barrios parisinos te sientes bloqueado por la historia. En Trocadero y sus alrededores uno puede observar las calles y la gente que las habita de una manera un poco onírica. Es un barrio donde, en determinadas calles, la gente desaparecía mucho. Como le he dicho, yo lo he comprobado con las guías de teléfonos. Hay una suerte de movilidad extraña. Es un barrio burgués, pero tiene su lado extraño… Luego están mis propios recuerdos de infancia y adolescencia…Todo es un poco confuso. Yo no conozco Madrid, pero estoy seguro de que en Madrid debe de haber barrios así…

Patrick Modiano es muy alto, muy amable, algo torpe y muy tímido. Duda al hablar, le cuesta acabar las frases y su muletilla favorita es “no sé si me explico”. Vive en una vieja casa a la espalda del Jardín de Luxemburgo, no muy lejos del barrio donde pasó parte de su infancia: todo un síntoma de su relación con el tiempo y la memoria. El cuarto desde el que escribe es una habitación semicircular, tapizada de libros con una ventana también muy alta que da a un jardincito interior. Hay un diván arrugado en el que se sienta a leer cuando no trabaja. Escribe dos o tres horas al día sentado a una mesa colocada frente a la ventana y al jardín. Nunca más. Asegura que si hiciera caso a su carácter, terminaría sus novelas de un tirón, sin detenerse, pero que se obliga a refrenarse y a parar cuando han pasado esas dos horas a fin de mantener una tensión que sólo él percibe pero que, según él, es esencial para que la obra culmine.

Este hombre acogedor y atento nacido en 1945 es simplemente uno de los más importantes escritores vivos en Francia, dueño de un mundo propio, autor de más de 30 obras, ganador del Goncourt o del premio de novela de la Academia Francesa, entre otros. En España se han publicado recientemente, además de la citada Dora Bruder, En el café de la juventud perdida, Reducción de condena y Calle de las tiendas oscuras. Confiesa con naturalidad que escribe desde que tenía 20 años porque no sabe hacer otra cosa. No ha trabajado jamás en nada que no sea sentarse dos horas enfrente de esa ventana y pasarse las 22 restantes del día pensando en las páginas que quedan. Sus novelas siempre son cortas y exactas, transcurren siempre en los años cuarenta o sesenta, en un París particular y vagamente irreal, dilatado, enorme, donde siempre hay garajes, adolescentes abandonados a su suerte que se agotan en brutales caminatas errabundas y adultos que se buscan unos a otros como dentro de un laberinto: un verdadero territorio mítico que comparte con el París real los nombres de las calles y la ubicación precisa de los números. Él mismo es un maniático de la topografía parisina y si uno le menciona una calle cualquiera no es raro que Modiano no sólo la conozca, sino que la haya recorrido o la hayan recorrido sus personajes.

P. ¿Por qué las direcciones y los números de los portales son tan precisos?

R. El París de mis novelas, más que un París de hace décadas, es un París interior, casi onírico, que nace de las cosas que me impresionaron cuando yo era un adolescente. Y para que ese lado onírico se desarrolle, es preciso que las direcciones sean exactas. Puede que el edificio que se describe sea banal, no importante, pero sí que su ubicación en la novela sea perfecta. Es como un cuadro de Magritte: los objetos, aunque de carácter onírico, están dibujados de forma muy nítida.

P. ¿Y por qué unas direcciones y no otras?

R. Porque las guardo en la memoria: la dirección, el número, el edificio…

P. ¿Y ha cambiado mucho París desde su adolescencia?

R. El centro no ha cambiado tanto porque no se pueden destruir los edificios históricos. Pero en los barrios periféricos sí se han demolido muchas manzanas. Además, cuando yo era adolescente, existía en París una suerte de… fantástica mezcla de la sociedad. Por ejemplo, en el barrio de Les Halles, cuando aún existía el mercado, a partir de medianoche, con los camiones que iban y venían, o el barrio de la prensa, alrededor del Boulevard Reaomur, había una especie de sociedad fantástica y atrayente, todo estaba muy animado, no sé cómo decirlo. Incluso Los Campos Elíseos, o en Pigalle. Ahora es diferente. Y eso me ha marcado.

Modiano

P. ¿Y su barrio, Saint-Germain-des-Près?

R. Ha cambiado muchísimo desde mi infancia. Aparte de los dos cafés, Les Deux Magots y Le Flore, era un barrio muy provinciano, por así decir. Había una mezcla muy extraña. Por una parte, era un barrio muy tranquilo, con personas mayores sentadas en la plaza, y por otra, había cafés modernos y lugares donde se tocaba jazz. Me acuerdo, cuando yo iba a la escuela, que estaba en la Rue Dauphine, de que a veces pasábamos por una tienda a comprar bombones y veíamos a Picasso o a Giacometti. Todo mezclado, no se perdía el lado provinciano.

P. En

Calle de las tiendas oscuras hay un detective sin memoria que busca su propio pasado; en En el café de la juventud perdida todos los personajes se preguntan lo que fue de una chica que les impresionó; en Dora Bruder usted mismo se convierte en un investigador

¿No le da la impresión de escribir continuamente la misma novela?

R. Sí, sí. Yo ya me he dado cuenta de que me repito: siempre es alguien que busca a alguien, o alguien que intenta recuperar las huellas de alguien. Siempre es así. Y siempre es inconsciente. Luego me digo: mira, esto ya lo has hecho. Las cosas vuelven. Es por un sentimiento íntimo de ausencia, de abandono. Por eso intento buscar las huellas de las personas.

P. Se ha dicho que en su infancia está la clave de toda su obra.

R. Puede ser. Pero no es por una especie de nostalgia de la infancia. Es más por las cosas que yo he observado y que me impresionaron durante aquel tiempo. Hay una clase de atención especial, que hace que las cosas te impresionen fuertemente cuando eres un niño. Además, ese periodo para mí es triste. Sé que hay niños felices, pero mi infancia fue triste. Además, hay conversaciones que no entiendes bien y que te dan miedo. Cuando yo era niño me paseaba solo por París. Eso era impactante a esa edad porque normalmente a los niños no les dejan pasearse solos. Yo podía. Experimentaba al mismo tiempo miedo y curiosidad. Por eso la infancia: por esas primeras imágenes que te impresionan para siempre.

P. En

Pedigrí, una suerte de autobiografía, habla de esa época, y sobre todo de sus padres, él atareado con negocios extraños, ella actriz de segunda, viajera, que le abandonaban con frecuencia

R. Todo es real. Es una autobiografía un poco especial. Quería hablar de cosas que me hicieron daño y que me resultaban extrañas. En otras autobiografías se habla de cosas íntimas con las que uno está de acuerdo, con las que te reconoces. Yo, por el contrario, quería liberarme de cosas que me hicieron daño. Quería desembarazarme de todo eso que yo no elegí, que no me concernía del todo y que me hizo daño…

P. En casi todas sus novelas los personajes sienten un deseo imperioso de escaparse, de dejar atrás la vida que llevan y que cargan como un fardo que no les pertenece.

R. Esas escenas también provienen de cosas que yo he vivido cuando era niño o adolescente. Provienen del sentimiento de estar encerrado (yo estuve muchos años en internados un poco carcelarios). Además, les suceden por lo general a personajes adolescentes, que tienen entre 17 y 20 años, un periodo en el que por entonces, al menos en Francia, no eras un adulto porque no tenías la mayoría de edad legal pero tampoco eras un adolescente. Tenías la sensación de que todo lo que podías hacer en el mundo era algo clandestino, de que todo estaba prohibido. Yo mismo me he fugado, me he escapado, he hecho esas largas caminatas de adolescente sin parar por París, con una sensación de vértigo.

P. La adolescencia es una zona neutra, sin definir. Usted habla también de las zonas neutras de la ciudad, de París: son precisamente por donde vagan sus personajes.

R. Cuando yo tenía 20 años escribí una topografía de esas zonas neutras en París que tanto me impresionan. Son barrios frontera, situados a la mitad de algo, entre una zona burguesa y otra popular, por ejemplo, zonas sin una identidad precisa, zonas indeterminadas.

P. ¿Y por qué siempre aparecen garajes en sus novelas?

R. Es inconsciente. También viene de la infancia. No sé exactamente por qué. Cuando yo tenía seis o siete años vivía cerca de un barrio a las afueras de París, me cuidaba una mujer un poco extraña que me llevaba a un garaje, con unos coches que me impresionaron. Además, había un olor muy particular, una mezcla rara, un ambiente extraño en esos garajes y eso, ya digo que no sé por qué, me ha marcado. Yo me lo digo a veces: hay demasiados garajes en las novelas, pero no puedo evitarlo.

P. ¿Se continúa paseando por París?

R. Menos que antes. Me sorprendo mucho con la gente más joven. Con sus ropas. Reconozco en muchos de ellos un aire como el de juventud. Los trajes parecen los mismos que yo veía cuando tenía 14 años. No sé.

Casi es la hora de comer. La tarde cae sobre el despacho de Modiano, sobre la ventana alta y el jardín de abajo. El escritor se levanta, pensando en la última frase que acaba de pronunciar. Mira a la ventana y luego a la grabadora que contiene la entrevista. Luego dice:

“Todo ha sido un poco confuso ¿no?”.